agosto 15, 2026

El impacto de la alimentación en el planeta — Primera parte

El impacto de la alimentación en el planeta — Primera parte

Comer, el vínculo más antiguo


La mano se acerca al plato antes de que la mente termine de decidir. Ese gesto —cortar, partir, llevar a la boca— es probablemente el movimiento más repetido de toda una vida humana. Si una persona come tres veces al día durante ochenta años, habrá repetido ese ademán más de ochenta mil veces. Ningún otro acto voluntario se acerca a esa cifra. Ni caminar hasta el trabajo, ni hablar con un ser querido, ni siquiera respirar de forma consciente. Comer es, con una distancia enorme, lo que más veces elegimos hacer en una vida entera.

Y sin embargo es casi invisible. Se hace sin mirar, muchas veces sin pensar, casi siempre sin preguntar. La comida llega al plato ya lista para ser ignorada: cortada, envuelta, calentada, servida. La pregunta de qué es exactamente lo que se está llevando a la boca —de dónde vino, qué tuvo que pasar para llegar hasta ahí, qué costó producirlo— rara vez se hace en el momento del bocado. Se hace, si se hace, después. En un artículo. En una sobremesa. En una noche en la que, por algún motivo, algo no cierra del todo.

Esta serie empieza ahí, en ese instante minúsculo y descomunal a la vez: la mano que se acerca al plato. Antes de cualquier dato sobre deforestación, ganadería o agua —los que vendrán después, con toda su fuerza—, vale la pena detenerse en una pregunta más simple y más incómoda: ¿por qué comer, siendo lo que más hacemos, es también lo que menos miramos?

Comer como el acto que nos ata al mundo

Hay una idea que atraviesa buena parte de la antropología de la alimentación y que vale la pena decir con todas sus letras: comer no es solo nutrirse. El sociólogo Marcel Mauss lo llamó, hace casi un siglo, un "hecho social total" —un acto en el que, sin proponérselo, se juegan a la vez la economía, la religión, el género, la salud y el poder de una cultura entera. La antropóloga Elisa Zafra Aparici retomó esa idea para mostrar algo muy concreto: comer junto a otros no es un trámite biológico que ocurre a la vez que la vida social, sino uno de los instrumentos más antiguos que tiene un grupo humano para sostener la cohesión y resolver sus propios conflictos. Y es un instrumento con una lógica particular, distinta a la de una reunión o una conversación: compartir alimento obliga a una cercanía física sostenida en el tiempo —minutos, a veces horas— durante la cual ninguna de las partes puede simplemente irse sin quebrar el gesto. Por eso las negociaciones diplomáticas rara vez ocurren sin una comida de por medio, y por eso, en casi cualquier cultura, la reconciliación después de un conflicto familiar tiene un ritual casi obligado: volver a sentarse juntos a la mesa. No es que comer resuelva el conflicto por arte de magia. Es que crea las condiciones materiales —tiempo compartido, vulnerabilidad mutua, un mismo objeto en el centro de la mesa— que ninguna otra instancia social replica con la misma facilidad. Un llamado telefónico se puede cortar. Una comida compartida, mientras dura, exige permanecer.

Pero hay una capa todavía más elemental que la simbólica, y es material antes que cultural. Los investigadores Manuel González de Molina y Víctor Toledo describen el vínculo entre una sociedad y la naturaleza como un metabolismo: un organismo social que respira con el ecosistema del que depende. De un lado está la apropiación —el acto de extraer materia y energía del mundo natural y convertirlas en algo social: agua, sol, tierra, transformados en alimento—. Del otro está la devolución: todo lo que esa misma sociedad le regresa al entorno después, ya degradado. Este marco no es solo descriptivo: permite medir, con cierto rigor, cuánto le está pidiendo una sociedad determinada al ecosistema que la sostiene, y desde cuándo esa cuenta dejó de estar equilibrada. Comer, bajo esta mirada, es el punto exacto donde ese metabolismo mayor se vuelve personal. Cada bocado es una hebra de ese intercambio entre lo humano y lo que no lo es.

El ciclo del metabolismo social de la alimentación Naturaleza Suelo, agua, sol Apropiación Extracción de materia Alimento Transformado en cuerpo Devolución Residuo al entorno ↻ vuelve a la naturaleza

Esa idea tiene una consecuencia incómoda e intrigante a la vez: el cuerpo de cualquier persona está hecho, literalmente, de mundo. El sociólogo francés Claude Fischler lo resumió en una fórmula que suena a advertencia y a promesa al mismo tiempo: somos lo que comemos. No de un modo metafórico. Al comer, un organismo no solo incorpora nutrientes; incorpora también las propiedades simbólicas de lo que ingiere. La comida deja de ser un objeto externo y pasa a formar parte de la intimidad más profunda del cuerpo, tres veces al día, todos los días, durante toda una vida.

No todos coinciden en cómo se explica esto, y es un desacuerdo con historia propia dentro de la antropología. Hay una tensión clásica —de referencia obligatoria en el campo, según quienes lo estudian— entre quienes creen que las decisiones alimentarias responden a una lógica de costo-beneficio ecológico y quienes sostienen que son, sobre todo, decisiones simbólicas. El materialismo cultural de Marvin Harris defiende lo primero: comemos lo que resulta eficiente extraer del entorno, y las prohibiciones o preferencias alimentarias que a simple vista parecen arbitrarias en realidad responden a un cálculo adaptativo de fondo. Del otro lado, el estructuralismo de Claude Lévi-Strauss y Mary Douglas sostiene que las decisiones alimentarias son, ante todo, simbólicas: comemos lo que "es bueno para pensar" antes que lo que es simplemente fácil de conseguir, y el orden que cada cultura impone sobre lo comestible y lo incomestible dice más sobre su estructura mental que sobre su entorno físico. Es una discusión que sigue abierta y que los propios antropólogos de la alimentación —Jesús Contreras y Mabel Gracia Arnaiz, entre los más citados en sistematizarla— presentan como uno de los marcos de referencia obligados del campo. Pero ambos bandos coinciden, sin proponérselo, en el punto que a esta serie le interesa: comer nunca es un acto neutro. Siempre está cargado de algo más grande que el hambre.

Hay una noción todavía más elemental, que no depende de ninguna escuela en particular ni necesita cita de autor: comer no es una elección entre otras que un ser humano pueda simplemente dejar de hacer. Es condición de la propia existencia —sine qua non, como diría la filosofía clásica: sin esto, no hay lo otro—. Cualquier persona, haga lo que haga, decida lo que decida sobre su vida, va a comer mientras esté viva, y en ese acto va a tocar materialmente la tierra, sin excepción posible. No es una postura ni un estilo de vida que se pueda adoptar o descartar: es la condición literal de estar vivo.

Y entre esa escala individual y la escala de una civilización entera no hay, en el fondo, una distinción real. No porque una sea igual a la otra en magnitud, sino porque ambas están atadas por el mismo hecho: comer no se elige. Es necesidad, no decisión, y la necesidad no reconoce escala —le pasa exactamente igual a una persona que a ocho mil millones de personas juntas—. Por eso cualquier decisión que se tome como civilización, sea cual sea, involucra a la tierra necesariamente: no porque las civilizaciones decidan bien o mal, sino porque comer, multiplicado por cada persona que existe, es literalmente ser parte de ella. Se puede ignorar esa relación, se puede mirar para otro lado. Lo que no se puede es elegir no tenerla.

Hay, además, una lectura más reciente que intenta corregir un sesgo antiguo de la propia disciplina filosófica. Durante siglos, buena parte de la tradición occidental subordinó el gusto y el cuerpo a la razón pura, tratando la alimentación como un tema demasiado doméstico, demasiado corporal, para merecer atención filosófica seria. Los filósofos Raymond Boisvert y Lisa Heldke, junto con la filósofa Alexandra Plakias, argumentan que hace falta disolver esa jerarquía —"tenemos un estómago además de una mente", proponen— y que el análisis filosófico de las prácticas cotidianas de la mesa puede funcionar como un verdadero laboratorio existencial: ahí, en la comensalidad, en las virtudes que se ponen en juego como la hospitalidad, y en el conocimiento que se adquiere a través del gusto, hay una forma legítima de pensar la existencia que la filosofía clásica dejó pasar por alto.

Y sin embargo —acá está el nudo de esta parte— algo pasó en el camino que hizo que esta relación tan antigua se volviera, para buena parte del mundo moderno, casi ilegible.

La distancia moderna

Parte del motivo es estructural, y tiene un mecanismo económico identificable detrás. Cuando la distribución de alimentos se concentra en pocos actores —las grandes cadenas de supermercados, sobre todo—, ese cuello de botella funciona como una barrera que oculta el origen físico de lo que se vende: en qué condiciones se produjo, qué le costó al territorio, y qué actos concretos —de la tierra a la mesa— tuvieron que ocurrir para que eso terminara en un plato. Los análisis sobre redes alimentarias alternativas describen esta concentración como algo que no solo esconde información, sino que priva tanto a productores como a consumidores de una autonomía real sobre sus propias decisiones.

El iceberg del origen de los alimentos Línea de flotación Producto Lo único que se ve Tierra trabajada Condiciones laborales Costo ecológico real Agua y trabajo invisibles La mayor parte permanece bajo la superficie

Esa opacidad tiene, además, una dimensión económica muy concreta. Cuando el costo ecológico real de producir un alimento —la deforestación necesaria para ganar tierra de cultivo, los incendios provocados para ampliar la frontera agrícola— no entra en el precio final que paga el consumidor, ese costo simplemente desaparece de la ecuación. El producto llega al mercado como si esa parte de la historia no hubiera ocurrido. La antropóloga Patricia Aguirre documenta el mecanismo epidemiológico que se desprende de esta misma lógica: un modelo de alimentación procesada y de alta densidad calórica, presentado como estandarizado y barato precisamente porque excluye esos costos, funciona como un factor de fondo en la expansión global de enfermedades como la obesidad y la diabetes. No hace falta compartir el marco retórico más cargado con el que ella describe este fenómeno para reconocer que el mecanismo biofísico y económico que hay detrás —extracción acelerada, externalización de costos, consecuencias epidemiológicas medibles— está documentado y es consistente con el resto de la evidencia reunida en esta parte.

De esa misma opacidad nace una palabra que resume, mejor que cualquier estadística, lo que le pasó al alimento en la industria moderna: gastro-anomía. La palabra combina "gastronomía" con "anomia" —esa falta de reglas claras que, según la sociología clásica, aparece cuando una sociedad pierde los códigos que antes le decían cómo comportarse—. Durante casi toda la historia humana, comer estuvo regulado por la tradición, el ritual, el grupo, la estación del año. La abundancia moderna disolvió esas reglas y entregó, en su lugar, una libertad casi ilimitada. Pero esa libertad, según describe Fischler, vuelve como un bumerán: sin referentes claros, cada persona queda sola frente a la pregunta de qué comer, y esa soledad puede generar ansiedad, aunque no necesariamente alivio.

De esa misma crisis nace una imagen todavía más precisa: el OCNI, el Objeto Comestible No Identificado. Fischler lo acuñó para describir algo muy concreto —un producto industrial, procesado, cuya forma original ya no es reconocible—. La industria puede controlar su sabor, su textura, su olor. Lo único que no puede devolverle es su historia. El consumidor, frente a ese objeto, pierde los criterios más básicos que un ser humano usó siempre para saber qué está comiendo: de qué animal, de qué planta, de qué tierra viene esto.

Ese fenómeno, cuando se lo mira de cerca, tiene un nombre más preciso todavía: disociación. Es la interrupción de la conexión entre la carne que se sirve en un plato y el animal vivo del que provino, y tiene dos formas distintas, casi opuestas en su origen. Está la disociación pasiva, que es sencillamente una consecuencia de cómo se organiza el mundo moderno: las ciudades separan geográficamente el lugar donde se cría a un animal del lugar donde se lo consume, así que nadie ve, porque nadie tiene por qué ver. Pero está también la disociación activa, que es harina de otro costal: un esfuerzo mental, consciente, del propio comensal, por no pensar en el origen animal de lo que tiene en el plato. No es que no pueda saberlo. Es que, en algún nivel, elige no hacerlo. Los investigadores Nora Benningstad, Hank Rothgerber y Jonas Kunst desarrollaron una escala específica —validada en tres estudios distintos, de alta exigencia estadística— para medir estas dos formas de disociación por separado, y encontraron que cada una predice decisiones alimentarias de manera independiente de la otra: no es el mismo mecanismo psicológico, aunque el resultado final se parezca.

Disociación pasiva Disociación activa
Origen Estructural: la distancia geográfica entre la crianza y el consumo Psicológico: un esfuerzo deliberado por no pensar en el origen
Mecanismo El entorno ya llega "empaquetado", sin mostrar de dónde vino El comensal evita, a propósito, información que sí tiene disponible
¿Predice decisiones alimentarias? Sí, de forma independiente de la otra Sí, de forma independiente de la otra

La evidencia de que esa disociación es real —y de que se puede romper— es contundente. En un experimento de Kunst junto con Sigrid Hohle, bastó con que los participantes vieran un cerdo asado servido con la cabeza intacta, en lugar de la presentación habitual sin rasgos reconocibles, para que la empatía hacia el animal aumentara de forma marcada y el disgusto hiciera lo mismo. La disposición a comer esa carne cayó. Un solo rasgo físico —una cabeza, unos ojos— fue suficiente para atravesar una barrera psicológica que la presentación industrial se había encargado de construir con cuidado.

Hay más mecanismos, y todos apuntan en la misma dirección. Existe lo que la psicología moral llama negación de la mente animal: la tendencia, medida y replicada en 2024 mediante un estudio de reporte registrado —el estándar más exigente de rigor estadístico disponible— a reducir la capacidad mental que se le atribuye a un animal, su inteligencia, su capacidad de sentir miedo o dolor, cuando ese animal está destinado al consumo. No es casualidad ni ignorancia pura: cuanto menos se le atribuye esa capacidad a una especie, más fácil resulta comerla sin conflicto interno.

El lenguaje hace su parte. La industria no habla de matar: habla de "cosechar" ("harvest"). No vende carne de una vaca joven: vende "beef", una palabra que en inglés no evoca directamente al animal del que proviene, a diferencia de "cow". Estas palabras no son un detalle decorativo. Cuando se reemplazan esos eufemismos por su nombre más directo, la aceptabilidad del plato cae de inmediato y el disgusto aumenta — el lenguaje abstracto no describe la realidad de otra manera: la vuelve más digerible, en el sentido más literal de la palabra.

Y está, finalmente, la manera en que la mente resuelve la incomodidad que todo esto genera cuando no puede evitarla del todo. Un estudio de referencia de Jared Piazza y sus colegas identificó cuatro justificaciones que, juntas, capturan entre el 83% y el 91% de las racionalizaciones cotidianas del consumo de carne: es natural, es normal, es necesario, es rico. Las llaman las "4N", y funcionan como una suerte de inmunización. Quienes las adoptan con más fuerza son también quienes muestran mayor resistencia a cualquier información sobre el origen de lo que comen, sea sobre maltrato animal o sobre impacto ambiental. No es que no escuchen el dato. Es que ya tienen, de antemano, la respuesta que necesitan para no dejarlo entrar.

Esto no es exclusivo de la carne, aunque ahí sea donde la evidencia reunida es más nítida y más abundante. Es la forma general que toma, hoy, la relación entre una persona y lo que come: ver la superficie —el plato, el envase, la presentación— y no ver, o elegir no ver, todo lo que hubo antes. El terreno. El agua. El trabajo. La vida, y a veces la muerte, que precedieron a ese bocado.

Sin juicio: el compromiso de esta serie

Vale la pena decir, antes de seguir, qué es y qué no es esta serie.

No es un sermón. La evidencia que se acaba de mostrar —sobre disociación, sobre negación, sobre los mecanismos que usa la mente para no pensar en lo que come— no está para generar culpa. La culpa, en general, paraliza más de lo que moviliza. Lleva a la evitación, no a la comprensión: es más fácil dejar de leer un artículo incómodo que cambiar una conducta arraigada durante toda una vida.

Comer no va a dejar de ser, después de leer estas nueve partes que siguen, un acto cotidiano. Pero puede dejar de ser, quizás, un acto invisible.

De la reflexión a la agencia

Queda una pregunta, y es la que en el fondo sostiene el resto del recorrido: ¿de qué sirve saber?

Hay una tradición de pensamiento, la de Boisvert, Heldke y Plakias, que ya se mencionó antes, que ve en la atención puesta sobre lo que se come algo más que una moda de bienestar. Para esta corriente, el gusto, la hospitalidad y la atención genuina a la mesa cotidiana son formas legítimas de conocimiento y, en potencia, de agencia política — no un tema menor de la vida doméstica sino, literalmente, un ejercicio donde se piensa y se practica cómo relacionarse con el mundo.

Pero hay que ser honestos con una tensión real que atraviesa esta idea, y con lo que la evidencia efectivamente dice sobre ella —no con lo que sería cómodo que dijera. Existe una posición académica formal, trabajada por investigadoras como Marina Di Masso y conectada con una familia de conceptos que incluye la "ciudadanía alimentaria" de Wendy Lockie, la "soberanía del consumidor" de Michiel Korthals, y el "consumo ético" descrito por autores como Nick Clarke y sus colegas, que sitúa la capacidad de cambio precisamente en las decisiones cotidianas de compra. Es la lógica del "voto con el monedero": la idea de que la suma de elecciones individuales conscientes tiene, agregada, el poder suficiente para presionar a las corporaciones agroalimentarias hacia prácticas distintas, de forma pacífica y gradual.

Es una posición seria, con nombre propio y trayectoria académica real, no un lugar común sin sustento. Pero, dicho esto: en la literatura reunida para esta parte, no aparece un solo caso empírico donde esa micro-agencia individual haya transformado, por sí sola, las estructuras de un mercado alimentario. Lo que sí aparece, y con más respaldo, son sus límites documentados. El primero es el riesgo de despolitización: varias autoras críticas señaladas en el mismo campo —Julie Guthman, Laura DeLind, Gwendolyn Blue— advierten que apostar todo el peso del cambio al consumo ético individual traslada la responsabilidad de un problema colectivo directamente a los hombros de cada consumidor por separado, aliviando de esa carga a quienes diseñan el sistema. El segundo es la absorción de mercado: el mismo circuito convencional que se quiere transformar tiende a neutralizar esa demanda ética creando nichos de alto valor adquisitivo —líneas "ecológicas" dentro de las mismas grandes cadenas— que no alteran las relaciones de fondo entre productores y distribuidores, solo las revisten. Y el tercero, quizás el más contundente, es empírico: un estudio publicado en una revista médica de referencia, que analizó las decisiones alimentarias de adolescentes, encontró que esas decisiones están limitadas —encauzadas, y a veces directamente saboteadas— por la infraestructura física, el precio y la publicidad del entorno en el que ocurren, antes que por la voluntad racional de quien elige. Cuando se ha medido cambio real de comportamiento alimentario a partir de una intervención, además, ese cambio tendió a explicarse por una modificación estructural de lo disponible —qué opciones ofrecía, por ejemplo, el menú de un comedor escolar— y no por decisiones individuales tomadas libremente dentro de un mercado abierto.

Esta serie no va a resolver esa tensión en esta primera parte, ni va a fingir que la evidencia está pareja entre ambos lados cuando la que se reunió no lo está. La va a dejar exactamente donde está: real, documentada, incómoda. Va a volver a ella más adelante, cuando ya haya recorrido tanto la evidencia sobre lo que efectivamente produce cambio a escala de sistema como la evidencia sobre qué acción individual, coordinada de cierta manera, sí llega a pesar de verdad. Por ahora, alcanza con dejar sembrada la pregunta con la que se abrió esta parte: si comer es, como se dijo al principio, el acto más repetido de una vida, ¿qué pasa cuando ese acto se hace, por primera vez, con los ojos abiertos?

El recorrido que viene

Lo que sigue después de esta introducción no es una lista de advertencias. Es un mapa.

Va a empezar por lo más grande que existe: la huella que deja la producción de alimentos sobre la tierra, el agua, el clima y la biodiversidad del planeta entero —incluido, algo que casi nunca se cuenta, lo que ocurre después de comer, con todo lo que se desperdicia y con los nutrientes que ya no vuelven al suelo del que salieron—. Va a seguir después por cada uno de los ejes específicos de esa huella: los bosques que desaparecen para dar lugar a cultivos y pasturas, el peso particular de la ganadería, lo que la agricultura industrial le hace al suelo del que depende, y la presión que toda esta producción ejerce sobre el mar y sobre el agua dulce del planeta.

Va a cerrar, recién ahí, con tres preguntas que dependen enteramente de todo lo anterior: qué soluciones tienen evidencia real de funcionar a la escala del sistema entero, por qué esas soluciones —aun conociéndolas— no se aplican solas, y qué puede hacer, de manera concreta, una persona que decide no quedarse solo con la información. Y va a terminar, después de todo ese recorrido, volviendo exactamente a este punto de partida: la mano que se acerca al plato. Pero ya no de la misma manera.

Ese recorrido arranca con un solo número, el mismo que va a abrir la próxima parte: descontando los glaciares y los desiertos, casi la mitad de toda la tierra habitable del planeta ya está ocupada por agricultura y ganadería. No una fracción menor, no un uso marginal entre otros: la mitad. Ese es, en una sola cifra, el tamaño real de lo que se está por contar.


Glosario

Metabolismo social — marco de la economía ecológica que describe la relación entre una sociedad y la naturaleza como un intercambio de materia y energía: la sociedad se apropia de recursos del entorno (agua, sol, tierra) y le devuelve, después, lo que ya usó y degradó. Permite medir cuánto le pide una sociedad al ecosistema del que depende.

Materialismo cultural — corriente antropológica, asociada principalmente a Marvin Harris, que explica las decisiones alimentarias de una cultura por su eficiencia ecológica: se come lo que resulta más rentable extraer del entorno. Se contrapone al estructuralismo.

Estructuralismo — corriente antropológica que sostiene que las decisiones alimentarias de una cultura responden, ante todo, a una lógica simbólica: se elige lo que "es bueno para pensar" (es decir, lo que ayuda a ordenar categorías mentales sobre el mundo), no solo lo que resulta fácil de conseguir. Se contrapone al materialismo cultural, que explica esas mismas decisiones por eficiencia ecológica.

Gastro-anomía — concepto de Claude Fischler que describe la crisis de reglas y referentes claros sobre qué y cómo comer, producida cuando la modernidad disolvió las normas tradicionales (rituales, estaciones, tradición) que antes regulaban la alimentación. La libertad resultante genera, en muchos casos, ansiedad en vez de alivio.

OCNI (Objeto Comestible No Identificado) — término acuñado por Fischler para describir un alimento procesado industrialmente cuya forma, ingredientes u origen ya no son reconocibles a simple vista, y frente al cual el consumidor pierde los criterios básicos para saber qué está comiendo.

Disociación (pasiva y activa) — la interrupción de la conexión mental entre un alimento —especialmente la carne— y el animal o proceso del que provino. La disociación pasiva es consecuencia de la distancia estructural entre producción y consumo; la disociación activa es un esfuerzo consciente del propio comensal por no pensar en ese origen. Ambas predicen decisiones alimentarias de forma independiente entre sí.

Negación de la mente animal (mind denial) — mecanismo psicológico por el cual se reduce la capacidad mental atribuida a un animal (inteligencia, capacidad de sufrir) cuando ese animal está destinado al consumo, disminuyendo así el conflicto moral de comerlo.

Las "4N" — las cuatro justificaciones más frecuentes con las que se racionaliza el consumo de carne, identificadas por Jared Piazza y colegas: que es natural, normal, necesario y nice (rico). Juntas explican entre el 83% y el 91% de las racionalizaciones cotidianas del consumo cárnico.

Consumo ético / "voto con el monedero" — posición académica (Marina Di Masso, entre otras) que sitúa la capacidad de cambiar el sistema alimentario en la suma de decisiones de compra individuales y conscientes. Se contrapone a las críticas que ven en esta idea un riesgo de despolitización del problema.


Referencias

Aguirre, P. (2022). Devorando el planeta. Editorial Capital Intelectual.

Barrios Garcia, G., D'hers, V., Veiguela, N., & Khoury, M. (2020). Metabolismo social: continuidades y rupturas desde el materialismo-histórico. Revibec: Revista Iberoamericana de Economía Ecológica, 33, 99–111.

Benningstad, N. C. G., Rothgerber, H., & Kunst, J. R. (2024). Development of the Passive and Active Meat-Animal Dissociation Scale (MADS). Psychology of Human-Animal Intergroup Relations, 3, Artículo e12975. https://doi.org/10.5964/phair.12975

Boisvert, R. D., & Heldke, L. (2016). Philosophers at Table: On Food and Being Human. Reaktion Books.

Contreras, J., & Gracia Arnaiz, M. (2005). Alimentación y cultura: perspectivas antropológicas. Editorial Ariel.

Di Masso Tarditti, M. (2012). Redes alimentarias alternativas y soberanía alimentaria. Posibilidades para la transformación del sistema agroalimentario dominante [Tesis doctoral, Universitat Autònoma de Barcelona]. Repositorio de la UAB.

Fischler, C. (2010). El (omnívoro) objeto: El gusto, la cocina y el cuerpo. Editorial Anagrama.

González de Molina, M., & Toledo, V. M. (2014). The social metabolism: A socio-ecological theory of historical change. Springer. https://doi.org/10.1007/978-3-319-06358-4

Infante-Amate, J., González de Molina, M., & Toledo, V. M. (2017). El metabolismo social: historia, métodos y principales aportaciones. Revibec: Revista Iberoamericana de Economía Ecológica, 27, 130–152.

Kunst, J. R., & Hohle, S. M. (2016). Meat eaters by dissociation: How we present, prepare and talk about meat increases willingness to eat meat by reducing empathy and disgust. Appetite, 105, 758–774. https://doi.org/10.1016/j.appet.2016.07.009

Mauss, M. (1950). Sociologie et anthropologie. Presses Universitaires de France.

Neufeld, L. M., Andrade, E. B., et al. (2022). Food choice in transition: Adolescent autonomy, agency, and the food environment. The Lancet, 399(10320), 185–197. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(21)01687-1

Peer Community in Registered Reports. (2024). Revisiting the motivated denial of mind to animals used for food: Replication registered report of Bastian et al. (2012). PubMed Central.

Piazza, J., Ruby, M. B., Loughnan, S., et al. (2015). Rationalizing meat consumption. The 4Ns: Natural, necessary, normal, nice. Appetite, 91, 114–128. https://doi.org/10.1016/j.appet.2015.04.011

Plakias, A. (2019). Thinking through food: A philosophical introduction. Broadview Press.

Zafra Aparici, E. (2017). Educación alimentaria: salud y cohesión social. Salud Colectiva, 13(2), 295–306. https://doi.org/10.18294/sc.2017.1191

Fuentes citadas de segunda mano (mencionadas dentro de Di Masso, 2012, sin texto original propio verificado en este notebook — no se listan como entradas independientes para no fabricar una referencia no verificada):

  • Blue, G., como se cita en Di Masso (2012).
  • Clarke, N. et al., como se cita en Di Masso (2012).
  • DeLind, L., como se cita en Di Masso (2012).
  • Guthman, J., como se cita en Di Masso (2012).
  • Korthals, M., como se cita en Di Masso (2012).
  • Lockie, S., como se cita en Di Masso (2012).