octubre 31, 2026

El impacto de la alimentación en el planeta — Sexta parte

El impacto de la alimentación en el planeta — Sexta parte

Agua que se agota

Lo que se saca más rápido de lo que se repone


La Quinta parte terminó con el campo de alto rendimiento sostenido por un flujo constante de insumos. Falta nombrar el insumo más básico de todos, el que ningún fertilizante ni ninguna semilla mejorada reemplaza: el agua. Esta parte recorre los dos grandes reservorios de los que la alimentación humana extrae más de lo que la naturaleza repone con comodidad. El primero es el mar, de donde sale una porción enorme de la proteína del planeta. El segundo es el agua dulce, que alimenta los cultivos de regadío.

Ambos tienen una dimensión humana difícil de exagerar. Los alimentos acuáticos aportan al menos el 20% de la proteína animal de más de 3.100 millones de personas, y sostienen unos 62 millones de empleos directos. El riego consume entre el 70% y el 72% de toda el agua dulce que se extrae en el mundo —hasta el 90% en los países de ingresos más bajos—, por una razón concreta: las tierras de regadío rinden un 76% más que las de secano y generan el 48% del valor de todos los cultivos. Se pesca y se riega a esta escala porque funciona, y por eso esta parte se ocupa de límites antes que de responsables.

Lo que une a los dos frentes es una regla propia de cualquier recurso que se renueva solo: tiene un ritmo de reposición, y los problemas empiezan cuando se lo extrae más rápido que ese ritmo. La evidencia muestra algo más, que se repite en el mar, en los canales de riego y bajo la tierra: sacar más rápido de lo que se repone suele ser una decisión razonable para cada pescador y cada agricultor mirado por separado, porque quien espera se queda sin su parte, y una decisión muy costosa para el conjunto. Esta parte sigue ese patrón por tres escenarios, y termina en un resultado que la intuición no anticipa: en el agua, a veces, volverse más eficiente termina consumiendo más.

El mar: lo que se pesca y lo que se puede pescar

Cerca del 62% de las poblaciones de peces marinos evaluadas se explota hoy dentro de niveles biológicamente sostenibles, y el 37,6% restante sufre sobrepesca —es decir, se pesca más rápido de lo que la población logra reponerse—, según el informe más reciente de la FAO sobre el estado de la pesca y la acuicultura (conocido como SOFIA). La proporción sostenible era algo mayor hace unos años: 64,5% con datos de 2019, 62,3% con datos de 2021 y 62,4% con datos de 2023. Esa baja refleja un deterioro real en algunas regiones y también ajustes metodológicos, porque cada edición incorpora más poblaciones al monitoreo. Las capturas silvestres, mientras tanto, llevan estancadas desde fines de la década de 1980 en torno a los 92 millones de toneladas anuales: el océano dejó de rendir más, aunque la demanda siga creciendo.

Esas cifras conviven con otra que a primera vista parece contradecirlas: cuando las capturas se ponderan por volumen de desembarque, entre el 72,6% y el 77% de lo que efectivamente llega a puerto proviene de poblaciones biológicamente sostenibles. Las dos cifras son correctas porque miden cosas distintas: una cuenta poblaciones, la otra toneladas. Las poblaciones que sostienen los mayores volúmenes comerciales son también las más estudiadas y reguladas, así que las poblaciones en mal estado son numerosas pero pesan menos en el total desembarcado.

El promedio también esconde una brecha enorme de gobernanza entre regiones. En el Océano Antártico, el 100% de las poblaciones monitoreadas se explota de forma sostenible, y en el Pacífico Noreste la proporción supera el 80%. En el Mediterráneo y el Mar Negro, apenas el 45,7%, con exceso de esfuerzo pesquero y sin cuotas unificadas entre los países que comparten el mar. Hay además un debate metodológico documentado sobre cuánto se está capturando realmente: las reconstrucciones del proyecto Sea Around Us, que incorporan la pesca no declarada y los descartes, muestran una caída de las capturas desde los años noventa más pronunciada que la meseta que reportan las estadísticas oficiales. Ambas fuentes coinciden en lo esencial: la pesca de captura llegó a su límite biológico global.

Cuando una población colapsa, el costo llega a personas concretas. En un análisis de 11.135 pesquerías comerciales entre 1950 y 2003, el 27% había colapsado hacia 2003, entendiendo por colapso que las capturas cayeran por debajo del 10% de su máximo histórico. Para las comunidades que dependen de esa proteína y de ese ingreso —sobre todo en pesquerías sin regulación, donde la oferta de pescado accesible se reduce primero— no hay un sustituto inmediato.

Por qué se pesca de más

La flota pesquera industrial del mundo es hasta 2,5 veces más grande de lo que el océano puede sostener, según estimaciones del Banco Mundial y la FAO. Esa sobrecapacidad cuesta unos 50.000 millones de dólares por año en beneficios que no se generan, y una pérdida acumulada de riqueza estimada en 2,2 billones de dólares en las últimas tres décadas. Una flota demasiado grande persigue peces que ya no alcanzan para pagarla, y aun así sigue saliendo a pescar.

La explicación está en los incentivos. En el modelo bioeconómico clásico de Gordon y Schaefer, una pesquería abierta sigue atrayendo barcos hasta el punto donde el ingreso apenas cubre los costos, y ese punto queda muy por encima de lo que la población de peces resiste. Los subsidios que abaratan la pesca —exenciones al diésel marino, apoyo para construir o modernizar buques— corren ese punto todavía más lejos: permiten que las flotas sigan siendo rentables cuando las poblaciones ya están diezmadas. Los más afectados incluyen a la pesca artesanal de pequeña escala, que reúne a más del 95% de los pescadores del mundo y compite en el mismo mar contra flotas subsidiadas, con precios deprimidos por la sobreoferta; en países como Senegal y Ecuador se documentó el daño a los medios de vida costeros.

Hay un segundo mecanismo, que opera incluso cuando existe un límite de captura fijado con criterio científico. Si la cuota es global —un total para toda la flota—, cada barco tiene el incentivo de pescar lo máximo posible antes de que el total se agote. Es la llamada "carrera por pescar": se pesca más rápido, con más barcos y en peores condiciones, y se presiona políticamente para que el límite suba. Los derechos de captura (cuotas individuales transferibles) invierten ese incentivo: cada pescador o cooperativa recibe una fracción garantizada del total, y pasa a ser dueño de un activo que vale más si la población se recupera. En la práctica, el pescador deja de competir por volumen y pasa a maximizar el valor de lo que desembarca: pesca más despacio, gasta menos combustible y estabiliza su ingreso.

El efecto se midió. En el análisis de las 11.135 pesquerías de Costello, Gaines y Lynham (2008), publicado en Science, alrededor del 14% de las pesquerías con cuotas individuales había colapsado en 2003, frente al 27% de las que no las tenían: aproximadamente la mitad. Esa comparación cruda tiene una limitación que los propios autores corrigieron: las pesquerías que terminaron adoptando cuotas ya partían, antes de adoptarlas, con menos colapsos que el resto. Con técnicas de emparejamiento estadístico para ajustar esa diferencia de origen, encontraron que cada año adicional bajo un sistema de cuotas reduce la probabilidad de colapso entre 0,37 y 0,54 puntos porcentuales, lo suficiente para compensar la tendencia histórica global hacia el colapso, de alrededor de medio punto porcentual por año.

El daño de la pesca depende de cuántos peces se sacan y también de cómo se los saca. La pesca de arrastre de fondo usa artes pesados que remueven el lecho marino y destruyen de forma irreversible hábitats complejos, como los corales de agua fría, y captura sin distinguir: todo lo que no es el objetivo comercial se arroja muerto o moribundo al mar. Esos descartes alcanzaron un pico de 18,8 millones de toneladas en 1989 y hoy rondan los 10 millones de toneladas anuales, cerca del 10% de las capturas globales. En las especies de aguas profundas, de crecimiento lento y vida larga, la sobreexplotación por arrastre causa agotamientos que no se recuperan en plazos humanos. Al descarte se suma una pérdida concreta: juveniles de especies de alto valor comercial que nunca llegan a adultos, y proteína utilizable que se tira.

Queda la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada (INDNR), que se estima entre 11 y 26 millones de toneladas por año, con un valor de entre 10.000 y 23.500 millones de dólares. En África Occidental, las capturas no declaradas llegan a representar hasta el 49% de la captura anual. Una estimación de 2009 calculó que entre el 20% y el 32% del pescado silvestre importado por mercados de ingresos altos, como Estados Unidos o Japón, podía provenir de pesca ilegal o no declarada, un dato que apunta a un problema de trazabilidad de la cadena de suministro.

Esa pesca sin control tiene una consecuencia humana documentada con una cifra, aunque con una salvedad sobre cómo leerla. Los costos laborales representan entre el 30% y el 50% de los costos de operar un buque, y cuando las capturas caen por sobrepesca, las flotas de aguas lejanas buscan recortar gastos: pescan en zonas con poca vigilancia y reducen lo que les cuesta la tripulación. Un análisis estadístico de los veinte principales países pesqueros industriales encontró que el 46% de la variación en la prevalencia nacional de esclavitud moderna se explica por el porcentaje de captura no declarada y por el bajo valor por tonelada de lo capturado (Tickler y colaboradores, 2018, Nature Communications). Es una asociación estadística robusta entre países, no una demostración de causa y efecto en cada barco, y apunta a que el trabajo forzoso florece donde la vigilancia en alta mar es escasa y los márgenes son bajos.

Acuicultura: la alternativa con costos propios

La acuicultura creció, en buena medida, como respuesta al techo de las capturas silvestres. La Segunda parte de esta serie ya mostró que la acuicultura de agua dulce puede emitir metano en cantidades comparables a las de una vaca lechera, y la Cuarta parte midió cuánto pesa el metano. Esta parte baja al detalle de qué cuesta producir pescado en cautiverio, y de qué depende que ese costo sea alto o bajo.

El primer costo es de tierra. Convertir manglares en estanques de camarón o de peces reduce el carbono orgánico del suelo de entre 25 y 32 gramos por kilo en un manglar intacto a menos de 10 gramos por kilo en un estanque. El manglar es un sumidero de lo que se llama "carbono azul": sedimentos saturados de agua y sin oxígeno que acumularon materia orgánica durante siglos. Al excavarlos y drenarlos, esa materia se oxida y se convierte en una fuente de CO2 y de metano. La pérdida se paga dos veces en tierra firme: sin manglar desaparece una barrera natural contra marejadas y erosión costera, y también las zonas de cría donde nacen buena parte de los peces que pescan las comunidades vecinas.

El segundo costo es el agua que sale de los estanques. El alimento no consumido, las heces y las excreciones aportan nitrógeno y fósforo que el sedimento ya no logra asimilar. En manglares del noreste de Brasil que reciben efluentes de camarón, el nitrógeno total del suelo subió de unos 1.446 miligramos por kilo en sitios preservados a unos 1.998 en sitios impactados, y alrededor del 70% del nitrógeno mineralizado se exporta con las mareas hacia las aguas vecinas. Es el mismo mecanismo de eutrofización que apareció en la Segunda y la Quinta parte, ahora originado en la propia cría de peces: floraciones de algas, falta de oxígeno en el fondo y mortandades de peces y crustáceos silvestres.

El tercer costo es que muchos peces de cultivo comen otros peces. Cerca del 30% de la captura marina mundial se destina a producir harina y aceite de pescado en vez de al consumo humano directo, según la reconstrucción de capturas del proyecto Sea Around Us, y alrededor del 90% de ese pescado es apto para consumo humano. La métrica que resume la dependencia se llama FIFO (Fish-In-Fish-Out): cuántos kilos de pescado silvestre se usan por cada kilo de pescado de cultivo. El salmón del Atlántico requiere entre 1,15 y 1,40 kilos; los peces marinos carnívoros como la lubina y la dorada, entre 1,30 y 1,60; el camarón, entre 0,45 y 0,60. La tilapia y la carpa alimentadas con piensos comerciales se mueven entre 0,10 y 0,20.

La interpretación de ese número divide a la industria y a los ecólogos pesqueros. La industria sostiene que la acuicultura global produce más pescado del que consume, porque entre el 25% y el 33% de la harina proviene de subproductos de fileteado y porque el promedio mundial queda por debajo de 1. Los investigadores críticos responden que promediar carnívoros con herbívoros disimula la demanda neta de pescado silvestre de las especies de lujo. Los datos de consumo no se discuten: lo que cambia es qué promedio se mira. Hay un aspecto con consecuencia humana directa en esta discusión: los pequeños pelágicos que se muelen para harina —anchoveta, sardina, jurel— son pescado que podría comer una persona, y buena parte sale de países de África Occidental y América del Sur donde la inseguridad alimentaria es mayor, hacia piensos de especies que se consumen en mercados de ingresos altos.

El cuarto costo es el clima, y es donde la elección del sistema de cultivo marca la mayor diferencia. Los estanques de agua dulce emiten metano en el orden de entre 14,6 y 32,2 kilos de carbono por hectárea al año, con picos de entre 51,6 y 83,6 en estanques intensivos de peces y cangrejos, y también óxido nitroso. Un estanque intensivo en un paisaje de plantaciones muy fertilizadas llega a un potencial de calentamiento sostenido de unos 2.233 kilos de CO2 equivalente por hectárea al año, frente a unos 812 en estanques rodeados de bosque natural. Pasar de un monocultivo de camarón a un policultivo de camarón con pepino de mar baja el metano de 5,7 a 0,68 kilos de carbono por hectárea al año: una reducción del 88%. El mecanismo es simple: el pepino de mar come el exceso de materia orgánica del fondo antes de que se descomponga sin oxígeno, y esa descomposición es la fuente del metano.

La especie también pesa. Las carpas chinas representan el 43% de la producción acuícola alimentada del mundo y comen casi sin pescado silvestre, y la tilapia y la carpa, junto con los bivalvos, ofrecen proteína abundante y accesible con una huella de carbono bastante menor por kilo. En el extremo experimental hay una tecnología que corta de raíz la dependencia de la harina de pescado: bacterias que se alimentan de metano capturado —de vertederos o de emisiones industriales— y producen una proteína con la que, en ensayos, se reemplazó hasta el 100% de la harina de pescado en alimento acuícola sin pérdida de crecimiento. Está en etapa de laboratorio y planta piloto, así que corresponde leerla como una dirección prometedora y no como una solución comprobada a escala.

El agua dulce: lo que se riega

Las extracciones de agua subterránea para riego pasaron de 688 kilómetros cúbicos por año en 2010 a 820 en 2018, un aumento sostenido de alrededor del 2,2% anual que ya representa más del 30% del agua que usa la agricultura. Para ponerlo en una escala imaginable: 820 kilómetros cúbicos equivalen a unos 328 millones de piscinas olímpicas, sacadas cada año de debajo de la tierra para regar.

A escala global, el indicador oficial de estrés hídrico de Naciones Unidas (el ODS 6.4.2) marca 18,6%, una cifra que suena moderada. El promedio esconde que más del 60% de las tierras de regadío del mundo están sometidas a un estrés hídrico de alto a crítico, y que unos 791 millones de personas viven en países con niveles altos o críticos. Cuando el agua escasea, la recolección manual recae de forma desproporcionada en mujeres y niñas, con costos en salud, seguridad y oportunidades educativas.

El caso más conocido de lo que ocurre cuando una cuenca se extrae por encima de su flujo es el del mar de Aral. En Asia Central, la agricultura consume cerca del 80% del agua, y se pierde hasta el 70% entre el río y el campo por infraestructura de conducción obsoleta. La extracción masiva para cultivar algodón y trigo, en una cuenca cerrada, redujo tanto los caudales de los ríos Amu Daria y Syr Daria que el lago casi desapareció. En su lugar quedó el desierto del Aralkum, con tormentas de sal y de polvo cargado de pesticidas acumulados que se asocian a enfermedades respiratorias, renales y cáncer en las poblaciones cercanas, y la pesca lacustre colapsó por completo. La historia no terminó: un nuevo canal en Afganistán reduciría, según proyecciones, otro 30% la disponibilidad de agua del Amu Daria hacia 2030, con una pérdida estimada de 250.000 empleos agrícolas en Uzbekistán.

Argelia muestra el mismo patrón en una escala diferente. El agua renovable disponible por habitante cayó de 443 metros cúbicos por año en 1990 a 247 en 2022, muy por debajo del umbral internacional de escasez, que es de 1.000. En ese tiempo, la superficie regada pasó de 0,42 a 1,36 millones de hectáreas y la población, de 25,4 a 45,5 millones de personas, con tarifas de agua muy por debajo de su costo real, que no transmiten ninguna señal de escasez. El resultado son racionamientos estructurales de agua potable, una dependencia creciente de agua subterránea no renovable y plantas de desalinización costosas.

Bajo tierra: acuíferos que no se recargan a tiempo

El agua subterránea se repone, pero a un ritmo que en regiones áridas se mide en milímetros por año, mientras el bombeo la saca en metros. En el acuífero Ogallala, bajo las Grandes Llanuras de Estados Unidos, la recarga natural es de menos de 10 milímetros al año, y el nivel del agua ya bajó más de 30 metros en partes de Kansas y Texas respecto de lo que había antes de la agricultura intensiva. Es agua acumulada durante épocas geológicas pasadas que se está extrayendo como si fuera una mina. Las proyecciones indican que el sector sur no tendrá agua suficiente para riego en las próximas dos o tres décadas. Un análisis de más de 170.000 series de pozos en 40 países encontró descensos de largo plazo en la mayoría de los acuíferos estudiados, con las caídas más aceleradas concentradas en zonas secas con agricultura intensiva (Jasechko y colaboradores, 2024). El cambio climático empeora el cuadro porque eleva la evapotranspiración, adelanta el deshielo y compacta suelos secos que, cuando llueve fuerte, dejan correr el agua en vez de dejarla infiltrarse.

Hay un mecanismo geofísico que convierte el agotamiento en un daño permanente. En un acuífero confinado, la presión del agua que llena los poros entre los granos sostiene parte del peso de las capas de arriba, como el agua dentro de una esponja que impide que se aplaste. Cuando se bombea mucho más rápido de lo que el agua vuelve, esa presión baja, y el peso se traslada a las capas de arcilla de grano fino intercaladas en el acuífero. La arcilla se compacta de forma inelástica: aunque después vuelva el agua, no recupera su volumen. El acuífero pierde para siempre parte de su capacidad de almacenamiento, y la superficie del terreno se hunde.

El Valle Central de California es el caso mejor documentado. Perdió más de 100 kilómetros cúbicos de agua subterránea desde la década de 1960 —unos 40 millones de piscinas olímpicas—, de los cuales 20,3 durante la sequía de 2003 a 2010 y otros 10 en 2012 y 2013. En los puntos más afectados, la superficie llegó a hundirse hasta 50 centímetros en un solo año, en 2014. Las consecuencias documentadas son de infraestructura y de costos: canales de trasvase deformados y rotos, caminos agrietados, entubados de pozos aplastados y costos de bombeo que suben cada año porque el agua queda más profunda. Las fuentes revisadas no documentan, para esta zona, pozos de agua potable de una comunidad concreta que hayan dejado de funcionar, la misma cautela con la que se trató el condado de Kern en la Segunda parte.

El agotamiento también tiene una versión química. En el distrito de riego de Hetao, en la cuenca del río Amarillo (China), el 45,5% de las tierras cultivadas sufren salinización. El clima es árido y el agua subterránea está cerca de la superficie, así que la evaporación arrastra sales hacia arriba por capilaridad; para evitar que el suelo se esterilice, los agricultores hacen un "riego de otoño", una inundación después de la cosecha que lava las sales por debajo de las raíces. Eso crea un dilema que ninguna solución simple resuelve: usar menos agua para ahorrarla produce salinización inmediata y pérdida de cosechas, y seguir regando de esa forma agota el acuífero regional. En las costas, el bombeo excesivo rompe el equilibrio de presiones y deja que el agua de mar avance hacia el continente y contamine los pozos; en islas pequeñas, las lentes de agua dulce que se salinizan necesitan décadas para recuperarse.

Para las comunidades rurales, el efecto final es el más simple de entender: cuando el nivel del agua baja por debajo de la profundidad de los pozos someros, el pozo se seca. En el África subsahariana, el agua subterránea abastece alrededor del 75% del agua potable, según estimaciones de la UNESCO. A la sequedad de los pozos se suma que los ríos, al perder presión el acuífero que tienen debajo, empiezan a perder caudal hacia él y se secan desde abajo. Las familias caminan más lejos por agua o migran, y de nuevo el costo recae sobre mujeres y niñas. La demanda va en la dirección contraria: alimentar a 10.000 millones de personas hacia 2050 implicaría producir un 60% más de alimentos, con un aumento proyectado de alrededor del 30% de la agricultura de regadío.

La paradoja de la eficiencia

Frente a la escasez, la respuesta más intuitiva es regar con más eficiencia: pasar de la inundación al goteo, medir con sensores, aplicar solo lo que la planta necesita. La evidencia muestra que, en una cuenca, esa receta puede producir lo contrario de lo esperado, y para entender por qué hace falta distinguir dos cosas que suenan parecidas: extraer agua y consumirla.

El riego por inundación desperdicia mucha agua en la parcela —su eficiencia ronda el 50%—, pero buena parte de ese excedente no se pierde: entre el 30% y el 40% regresa al río o recarga el acuífero, y queda disponible para otro usuario cuenca abajo. El riego por goteo eleva la eficiencia en la parcela a más del 90%, pero reduce esos flujos de retorno a menos del 5% y maximiza el agua que las plantas evaporan por hectárea. Lo que se llama "ahorro" en el campo puede no serlo en la cuenca, porque el agua que antes volvía al sistema ahora se consume.

Después viene el comportamiento económico. La tecnología baja el costo del agua por unidad de cosecha y sube el rendimiento, y cuando no hay un límite sobre cuánta agua se puede extraer, los agricultores tienden a usar el agua liberada para producir más. Un análisis de largo plazo del distrito de Hetao descompuso hacia dónde fue el agua "ahorrada": la eficiencia técnica del riego mejoró un 12,6%, pero la superficie regada creció un 32,9% y el volumen extraído del río Amarillo aumentó más de un 30%. Del efecto rebote resultante, entre el 60% y el 70% se explica por la ampliación de la superficie regada, entre el 15% y el 25% por regar con más frecuencia cada hectárea y entre el 10% y el 20% por pasarse a cultivos más rentables y más demandantes de agua. El rebote fue tan grande que el consumo total terminó siendo mayor que antes de la modernización, un resultado conocido como contragolpe (backfire) o paradoja de Jevons.

El patrón se repite en otros lugares. En Kansas, Estados Unidos, los subsidios a tecnología de riego de precisión aumentaron el bombeo total de agua subterránea. En la cuenca del Guadalquivir, en España, el agua relativa disponible cayó de 0,70 a 0,56 entre 2000 y 2021 aunque el 53% de la superficie ya usaba goteo, porque la expansión de cultivos leñosos como el olivo y el almendro aumentó la demanda total; ese aumento se vincula con el deterioro del Parque Nacional de Doñana, sitio de la UNESCO. En Australia, el gobierno destinó 5.000 millones de dólares australianos a modernizar el riego y, a nivel de predio, los agricultores subsidiados aumentaron sus extracciones entre un 21% y un 28%. Es la misma lógica que ya apareció con la hipótesis Borlaug en la Tercera parte, donde mejorar el rendimiento de la tierra no siempre protegía al bosque, y con la paradoja de las eficiencias en la Cuarta parte: una mejora técnica que reduce el costo de usar un recurso puede terminar aumentando su uso.

Lo que tiene evidencia, y lo que todavía no se sabe

Frente a este panorama, la pregunta útil es qué intervenciones tienen evidencia de funcionar y cuáles todavía no la tienen. Conviene responderla con la misma precisión con la que se describió el problema.

Los derechos de captura son, de las intervenciones pesqueras, la que cuenta con la evidencia cuantitativa más sólida, la del análisis de Costello y colaboradores descrito más arriba. Las reservas marinas donde está prohibido pescar —las áreas "no-take"— tienen un mecanismo ecológico bien documentado: los peces que viven más años llegan a tamaños en los que la producción de huevos crece mucho más que proporcionalmente, y el excedente se derrama hacia las zonas abiertas vecinas, donde los pescadores capturan peces más grandes en los bordes de la reserva. Lo que las fuentes revisadas no traen es una cifra agregada y confiable de cuánta biomasa se gana en promedio. Un metaanálisis de 66 áreas marinas protegidas en 18 países, citado por la organización Project Drawdown, encontró resultados ecológicos positivos o ligeramente positivos en el 53% de ellas, lo cual deja cerca de la mitad sin mejora detectable; las fuentes no explican por qué.

Sobre la certificación de pesquerías (el sello MSC y los proyectos de mejora pesquera) las fuentes tampoco permiten afirmar un efecto. Documentan que entre el 72,6% y el 77% de los desembarques mundiales proviene de poblaciones sostenibles, pero esa cifra describe cómo está el mar, no qué logró el sello: no hay en el material revisado ningún estudio que compare poblaciones certificadas con no certificadas. Es la misma situación que se encontró con los esquemas de certificación de la Tercera parte, y se deja sin afirmación en vez de rellenarla con una suposición razonable.

En acuicultura, el respaldo más firme es el de los sistemas integrados, medidos durante ciclos anuales completos: el policultivo de camarón y pepino de mar baja el metano un 88%, y elegir especies de nivel trófico bajo reduce tanto el uso de pescado silvestre como la huella de carbono. En agua dulce, lo que frena el rebote son los topes de extracción por cuenca y los derechos de agua definidos por el consumo neto de evapotranspiración, medido por satélite, en vez de por el volumen desviado. Kansas ofrece un contraste: su programa de gobernanza local colaborativa (LEMA) redujo el bombeo sin destruir la viabilidad agrícola, mientras que los subsidios puramente tecnológicos no lo lograron. En algunas cuencas de España, la modernización se condicionó a recortes de hasta el 25% de los derechos de agua. Los informes revisados describen estos esquemas con solidez analítica pero con menos mediciones de resultado que las que existen sobre el rebote en sí, y conviene tenerlo presente.

La tarifa del agua es la otra palanca. Una simulación econométrica para Argelia, con una elasticidad de demanda de -0,25, estima que subir un 10% la tarifa del riego reduce las extracciones agrícolas alrededor de un 2,5%, y que un aumento del 50% las reduce un 13%, bajando el índice nacional de estrés hídrico de 91,6% a 83,8%. Es un resultado de modelo para un solo país, y el propio estudio advierte que, sin apoyo para la transición productiva, el aumento tarifario reduce los márgenes de los agricultores.


Con el agua se cierra el recorrido por los cuatro frentes de diagnóstico de esta serie: la tierra, el aire, el suelo y el agua. En los cuatro apareció la misma estructura: un recurso que la alimentación extrae más rápido de lo que se repone, incentivos que hacen racional hacerlo para cada actor por separado, y un cuerpo de evidencia que distingue con bastante claridad las intervenciones que funcionan de las que solo lo parecen. También apareció algo menos esperable, que une al mar, a los canales de riego y a los campos de alto rendimiento: mejorar la eficiencia de un proceso sin ponerle un límite a lo que se extrae puede acelerar el problema que se quería resolver.

La séptima parte cambia de pregunta. Hasta acá, esta serie se preguntó qué se rompe y cuánto cuesta. La que sigue se pregunta qué palancas existen para mover un sistema de este tamaño —política pública, tecnología y mercado—, quién las controla, y cuáles tienen evidencia real de funcionar a escala.


Glosario

Sobrepesca — situación en la que una población de peces se captura a un ritmo superior al que logra reponerse por reproducción, de modo que su abundancia disminuye con el tiempo.

Colapso pesquero — definición operativa usada en la literatura científica: una pesquería cuyas capturas anuales caen por debajo del 10% de su máximo histórico.

Cuotas individuales transferibles (ITQ o catch shares) — derechos de captura que asignan a cada pescador, empresa o cooperativa una fracción garantizada del total de captura permitido, que puede comprarse y venderse.

Total Admisible de Captura (TAC) — límite máximo anual de captura de una especie, fijado con base en evaluaciones científicas de la población.

Captura incidental y descartes (bycatch) — fauna que se captura sin ser el objetivo comercial de la pesquería y que, en la mayoría de los casos, se devuelve al mar muerta o moribunda.

Pesca INDNR (ilegal, no declarada y no reglamentada) — capturas que violan las normas vigentes, no se reportan a las autoridades o se realizan en zonas o con artes sin regulación.

FIFO (Fish-In-Fish-Out) — métrica que expresa cuántos kilos de pescado silvestre se usan en la alimentación por cada kilo de pescado de cultivo producido.

Carbono azul — carbono almacenado en ecosistemas costeros y marinos, como manglares, marismas y praderas de pastos marinos, que se libera a la atmósfera si esos ecosistemas se destruyen.

Acuífero — formación geológica de roca o sedimento capaz de almacenar y transmitir agua subterránea.

Subsidencia — hundimiento de la superficie del terreno, causado en este contexto por la compactación del subsuelo cuando se extrae agua subterránea más rápido de lo que se repone.

Flujo de retorno — parte del agua aplicada en riego que no es consumida por los cultivos y regresa a un río o a un acuífero, quedando disponible para otros usuarios.

Evapotranspiración (ET) — agua que pasa a la atmósfera por la evaporación del suelo y la transpiración de las plantas; es el consumo real de agua de un cultivo, a diferencia del volumen extraído.

Efecto rebote (paradoja de Jevons) — fenómeno por el cual una mejora de eficiencia que reduce el costo de usar un recurso termina aumentando su uso total; cuando el aumento supera el ahorro esperado se lo llama contragolpe (backfire).

Referencias

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Citas con respaldo secundario o por verificar (aparecen en el texto con la atribución correspondiente, y conviene confirmarlas con una consulta aparte antes de dar el artículo por auditado):

  • Metaanálisis de 66 áreas marinas protegidas en 18 países (Rodríguez-Rodríguez & Martínez-Vega, 2022), conocido a través de Project Drawdown (2026), una fuente secundaria.
  • Estimación de que el 20–32% del pescado silvestre importado por mercados de ingresos altos proviene de pesca ilegal (Agnew et al., 2009): estimación antigua, con un posible desfase respecto de la situación actual.
  • Proteína bacteriana a partir de metano como reemplazo de la harina de pescado (Sustainable Earth / Nature Sustainability, 2021): la referencia exacta del estudio original no quedó confirmada.
  • Cifras de agua subterránea compiladas en fuentes secundarias (DevelopmentAid, 2026; Cambridge Core, 2025) que no se usan como dato duro en el texto; solo se usa la base de Jasechko et al. (2024) para el descenso en la mayoría de los acuíferos.
  • Detalles de volumen, páginas y revista de varios artículos citados por los informes sin esos datos (marcados sin ellos en esta lista).

Nota metodológica de auditoría (Fase 2.3): (1) La cifra de efecto rebote de 344% en Hetao no se usa en el texto: la fórmula (rebote = ahorro teórico menos ahorro real, sobre ahorro teórico) implica que un rebote de 344% equivale a un aumento neto de 244 unidades de consumo por cada 100 de ahorro teórico, mientras que la interpretación verbal del informe habla de 344 unidades adicionales; en su lugar se usan los datos de base del mismo estudio (eficiencia +12,6%, superficie regada +32,9%, extracción +30%) y el concepto de contragolpe. (2) En Costello et al. (2008) se usa la comparación descriptiva de 14% frente a 27% y el efecto anual de 0,37–0,54 puntos porcentuales; se omiten las cifras de 4,3 y 13,7 puntos porcentuales por la ambigüedad sobre a qué coeficiente de la regresión corresponde cada una. (3) La proporción de poblaciones sostenibles de la FAO se cita como cercana al 62% (64,5% en 2019; 62,3% en 2021; 62,4% en 2023) y se aclara que parte de la baja refleja cambios metodológicos. (4) Las tasas de descenso de acuíferos medidas por satélite en la Llanura del Norte de China y el noroeste de la India, y la cifra de 2.000 millones de personas sobre terreno que se hunde, no se usan: la primera por falta de unidad inequívoca en las fuentes, la segunda por proceder de un portal divulgativo. (5) Se declara explícitamente que las fuentes revisadas no contienen estudios que comparen poblaciones certificadas con no certificadas, ni una cuantificación agregada confiable de la ganancia de biomasa en reservas marinas.

Nota de transparencia editorial Este es un artículo de divulgación científica basado en fuentes bibliográficas verificables. El contenido fue desarrollado mediante un proceso de investigación supervisada que combina herramientas de inteligencia artificial — para síntesis narrativa y estructuración del texto — con criterio clínico y editorial humano en cada etapa. Todas las afirmaciones han sido contrastadas contra las fuentes originales antes de su publicación. La fotografía es original del autor.