septiembre 5, 2026

El impacto de la alimentación en el planeta — Tercera parte

El impacto de la alimentación en el planeta — Tercera parte

La tierra que desaparece

El rastro de cada hectárea perdida

La Introducción de esta serie ya lo planteó: comer es, de manera literal, tocar el mundo. La parte anterior le puso números a ese contacto —casi la mitad de la tierra habitable del planeta ya ocupada por agricultura y ganadería—, pero esa cifra, por sí sola, todavía no decía nada sobre dónde ocurre exactamente ni sobre quién vive ahí. Esta parte baja esa escala global a un lugar concreto: la tierra que desaparece es un pedazo de bosque específico, con un nombre y una comunidad detrás. Empecemos por uno de esos lugares.

Anatomía de una hectárea perdida

Hoy quedan 4.140 millones de hectáreas de bosque en el planeta —el 32% de toda la superficie terrestre, una extensión más grande que el continente africano completo—. Desde el inicio de la civilización humana se calcula que se destruyó un 46% de los árboles que alguna vez existieron, y solo desde 1990 desaparecieron 489 millones de hectáreas más: una superficie mayor que todo el territorio de la Unión Europea junto.

Hay una buena noticia y una mala noticia escondidas en ese mismo conjunto de datos, y vale la pena contarlas por separado. La buena: a escala global, el ritmo de pérdida neta de bosque se desaceleró en las últimas tres décadas —de 7,8 millones de hectáreas al año en los años 90 a 4,12 millones en el período 2015-2025—. La mala: esa desaceleración global esconde una aceleración específica justo donde más importa. La pérdida de dosel arbóreo en la franja tropical casi se duplicó en lo que va del siglo, de 6,7 millones de hectáreas en 2001 a 11,4 millones en 2025, y la destrucción de bosque primario tropical húmedo —el de mayor valor de carbono y biodiversidad— alcanzó un máximo histórico en 2024. Bajó un 36% en 2025, gracias a una tregua temporal en los incendios extremos del año anterior, pero sigue siendo un 46% más alta que hace una década.

La razón por la que el promedio global mejora mientras lo tropical empeora tiene que ver con qué tipo de pérdida se está contando en cada caso. En las zonas templadas y boreales, el 98% de la pérdida forestal es temporal: incendios o tala planificada de bosques que se espera que vuelvan a crecer. En los trópicos ocurre casi lo contrario: el 94% de toda la deforestación permanente del planeta —el cambio definitivo de bosque a agricultura, ganadería, minería o ciudad— se concentra ahí. Es la razón por la que esta parte se enfoca en esa franja específica del planeta, y no en el bosque en general.

El pastoreo ganadero explica el 42% de toda la deforestación asociada a commodities agrícolas —cultivos y crianza de animales producidos a gran escala para el comercio internacional, como la soja, la carne, la palma aceitera o el cacao que siguen en esta misma lista— y hasta el 83% de la deforestación agropecuaria específica de la Amazonía entre 2001 y 2022. Le sigue, a mucha distancia, el bloque conjunto de soja y palma aceitera (16%), y después el cacao (4%). Es una jerarquía empinada: hay un salto grande entre el primer motor y todos los demás juntos.

Medir esto con precisión no es trivial, y la forma en que se mide cambia el número final. Uno de los marcos más completos, el modelo DeDuCE (Deforestation Driver and Carbon Emissions), integra teledetección satelital con estadísticas comerciales bilaterales y registros nacionales de producción para más de 9.300 estimaciones anuales en 184 commodities y 179 países, clasificando cada una según un Índice de Calidad Integrado: por encima de 0,6, la atribución se apoya en mapas satelitales específicos del cultivo; por debajo, en estadísticas agregadas nacionales, un nivel de certeza menor que el propio modelo etiqueta como "riesgo de deforestación" en vez de causa confirmada. Global Forest Watch, que procesa el algoritmo satelital de Hansen a 30 metros de resolución, reportó más de 30 millones de hectáreas de pérdida bruta de cobertura arbórea en 2024 a nivel global —una superficie similar a la de todo el territorio de Italia, perdida en un solo año, aunque esa cifra incluye incendios, rotación de plantaciones forestales manejadas, y perturbaciones temporales—. La FAO, que mide deforestación neta y permanente, excluyendo esas plantaciones manejadas, estima 4,12 millones de hectáreas anuales para el período 2015-2025: casi un orden de magnitud menos. Ninguna de las dos cifras está mal. Miden cosas distintas, y confundirlas —tratar la pérdida bruta como si fuera destrucción permanente de bosque nativo, o viceversa— es uno de los errores más comunes al hablar de deforestación en público.

El Cerrado brasileño —la sabana tropical al sur de la Amazonía, mucho menos conocida fuera de Brasil pero igual de relevante— ilustra bien esta escala. Cerca de la mitad de su vegetación nativa, más de un millón de kilómetros cuadrados, ya fue convertida, principalmente en pasturas y soja. Tres cuartas partes de la deforestación reciente del bioma se concentran en una sola región, Matopiba —los estados de Maranhão, Tocantins, Piauí y Bahía—, un frente de expansión agresiva donde la agricultura de gran escala avanza sobre sabana nativa sin el mismo nivel de restricción legal que rige en la Amazonía. Es, en los hechos, la prueba de que proteger un bioma no protege al vecino: la presión que no puede avanzar sobre bosque amazónico encuentra, con frecuencia, un destino alternativo un poco más al sur. Es también un recordatorio de que la protección no debería depender de cuán conocido es un ecosistema: el Cerrado guarda una biodiversidad y una relevancia ecológica tan altas como la Amazonía, aunque reciba una fracción de su atención pública.

Los otros dos commodities de la jerarquía tienen geografías propias, y ambas están en movimiento. Entre 2001 y 2015, la palma aceitera reemplazó 10,5 millones de hectáreas de bosque a nivel mundial —una superficie casi tan grande como toda Corea del Sur—, dos tercios de ellas en Indonesia. La tasa general de deforestación del país ya bajó de sus picos de 2012-2016, pero el frente no desapareció: se desplazó. El 70% de la nueva conversión forestal por palma en 2025 se concentró en la provincia de Papúa, en el extremo oriental del país —el mismo patrón de desplazamiento geográfico que ya se vio con la soja entre la Amazonía y el Cerrado, aplicado a otro commodity y otro continente—. El cacao, más chico en volumen (4% del total), es sin embargo el motor dominante de un ecosistema entero: explica el 21% de toda la pérdida forestal de Costa de Marfil y el 25% de la de Ghana. Solo en Costa de Marfil, la expansión del cacao entre 2000 y 2019 destruyó una superficie de bosque mayor a la mitad de todo el territorio de los Países Bajos.

Vale la pena una aclaración metodológica antes de bajar del panorama global a un caso puntual, porque también cambia cómo hay que leer el resto de esta parte. Los satélites ópticos de resolución media tienen un punto ciego sistemático: no logran diferenciar entre bosque secundario en regeneración y sistemas agroforestales tradicionales —como el cacao o el café cultivados bajo sombra de árboles de dosel alto—. Esa confusión produce un subregistro estimado en 207 millones de hectáreas de agroforestería a nivel mundial —un área más grande que todo el territorio de México—. En bosques secos tropicales, como el Miombo africano o la Caatinga brasileña, el algoritmo clásico de Hansen falla en detectar hasta el 48% de la pérdida de cobertura menor a dos hectáreas. Los datos satelitales son la mejor herramienta disponible, y son muy sólidos para plantaciones industriales de gran escala. Son mucho menos confiables para capturar la deforestación de pequeña escala y los sistemas mixtos —que es, justamente, donde vive la mayoría de los pequeños productores del planeta.

Ese panorama global —motores, magnitudes, geografía en movimiento— se ve de cerca, en un lugar concreto, así: en el Territorio Indígena Cachoeira Seca, en el estado brasileño de Pará, la etnia Arara convive desde hace años con un problema que no tiene nada de lejano: acaparadores de tierra que invaden, talan y queman bosque protegido para instalar pasturas de engorde ilegales. No lejos de ahí, en el asentamiento PDS Terra Nossa, colonos que sí tienen derecho legal sobre su parcela describen el mismo patrón —quema de cultivos de subsistencia, amenazas de muerte, homicidios de defensores de la tierra—. El ganado que termina pastando en esas tierras invadidas no desaparece en el bosque: se transfiere entre predios intermediarios hasta llegar, ya "limpio" en el papel, a una finca de engorde regularizada, y de ahí a un frigorífico que exporta a mercados internacionales, incluida la Unión Europea. Los propios frigoríficos, cuando se los audita, casi nunca detectan el origen real: el 88% de las plantas evaluadas en la Amazonía y el 96% en el Cerrado no controlan a sus proveedores indirectos. Ese mecanismo tiene nombre técnico —blanqueo de ganado— y explica algo que de otra forma sería difícil de entender: por qué acuerdos corporativos firmados desde 2009 para excluir del mercado a la carne vinculada con deforestación no lograron, en la práctica, frenar la pérdida de bosque a escala de paisaje. Vale aclarar qué explica y qué no explica este mecanismo: responde a una pregunta puntual —por qué un control específico, diseñado para frenar la deforestación, termina sin efecto real—, mientras que la razón de fondo por la que existe la deforestación viene de fuerzas económicas y políticas más amplias, que se desarrollan en la próxima sección.

Detrás de esa escena hay una idea que sostiene el resto de este texto: la deforestación es la salida visible de una cadena mucho más larga que empieza bastante antes de que alguien decida talar un árbol un día cualquiera —un precio internacional que sube, una ruta que se pavimenta, un título de propiedad que habilita crédito, una certificación que mira para otro lado— y el bosque es, en cada eslabón de esa cadena, la variable que termina cediendo. Entender por qué desaparece una hectárea exige mirar esa cadena completa, no solo el instante en que cae el árbol.

El mecanismo económico

Un bosque se convierte en potrero o cultivo cuando el valor esperado de lo que se puede producir en esa tierra supera el costo de talarla. Es una ecuación simple en su forma, pero con variables que no siempre son las que la intuición esperaría.

La primera variable es el precio internacional del commodity: cuando sube el precio de la carne, la soja o el aceite de palma, la rentabilidad proyectada de desmontar aumenta de inmediato, en cualquier lugar del mundo donde ese commodity se pueda producir.

La segunda es la infraestructura de transporte. El costo de trasladar una cosecha hasta el puerto de exportación se resta directamente de la ganancia final del productor, así que existe un límite geográfico a partir del cual ya no compensa producir: más allá de cierta distancia, el flete se come toda la ganancia. Cuando se pavimenta una ruta nueva hacia el interior de una frontera boscosa, ese costo de flete baja de golpe, y el límite de rentabilidad se corre hacia adentro del bosque: tierra que antes quedaba demasiado lejos para ser negocio pasa a serlo, sin que cambie nada más que el camino para llegar hasta ella. Es el mismo mecanismo espacial que describió el economista alemán Johann Heinrich von Thünen hace casi dos siglos para explicar por qué la agricultura se organiza en anillos concéntricos alrededor de un mercado.

Hay una tercera variable, menos intuitiva, que tiene que ver con quién es dueño de la tierra. La teoría económica clásica predice que dar títulos de propiedad formales a un agricultor debería frenar la deforestación: alguien que sabe que la tierra es legalmente suya tiene incentivo para cuidarla a largo plazo. La evidencia empírica en el estado de Pará muestra exactamente lo contrario. Los programas de titulación individual masiva aceleraron la tasa de desmonte de pequeños y medianos propietarios, porque la tierra recién titulada podía usarse como garantía para acceder a crédito, y ese crédito financió la expansión del área cultivada —no su cuidado—. Los títulos colectivos entregados a comunidades indígenas y locales tienen el efecto inverso, y de forma estadísticamente consistente: frenan la pérdida de bosque nativo mucho mejor que la titulación individual. La diferencia no está en si hay o no un título de propiedad. Está en si ese título habilita el acceso a más capital para expandir, o si protege un territorio colectivo del mercado de tierras.

El crédito agrícola, en sí mismo, tampoco tiene un efecto fijo: depende por completo de dónde se otorga. En zonas ya consolidadas, con gobernanza territorial fuerte y fiscalización activa, el crédito financia tecnología e intensificación —más producción en la misma tierra, sin necesidad de desmontar más—. En frentes de colonización remota, donde la fiscalización es prácticamente nula, ese mismo crédito financia directamente los costos de tala rasa, porque despejar el terreno es, en esos lugares, la forma más rápida de consolidar un reclamo sobre él. Cuando Brasil condicionó el acceso al crédito agrícola en la Amazonía al cumplimiento ambiental —la Resolución 3.545 de 2008—, la pérdida acumulada de bosque cayó hasta un 60% en los nueve años siguientes. El dinero no es, por sí mismo, ni la causa ni la solución. Es un amplificador de lo que la gobernanza local ya permite o impide.

Hay, además, una cifra que rara vez se menciona y que vale la pena tener presente: entre el 2% y el 16% de la tierra ya deforestada en la Amazonía permanece completamente improductiva, ni cultivada ni pastoreada. No toda la tala responde a una necesidad productiva inmediata. Buena parte de la deforestación se concentra en tierras privadas ya registradas (alrededor de la mitad), otra porción cae sobre tierra pública sin designación oficial (un cuarto), y el resto ocurre dentro de asentamientos rurales formales. Es una distribución que rompe con la imagen de una frontera agrícola empujada únicamente por la necesidad de producir más comida: una parte significativa del desmonte responde, directamente, a la especulación sobre el valor futuro del suelo.

Hay una cuarta variable, más contraintuitiva todavía, que conecta esta parte con el resto de la serie: mejorar el rendimiento agrícola no siempre reduce la presión sobre el bosque. La llamada hipótesis Borlaug predice que si un cultivo rinde más por hectárea, hace falta menos tierra para producir la misma cantidad de comida, liberando superficie que de otro modo se habría desmontado. Eso ocurrió, por ejemplo, con semillas de maíz de alto rendimiento en pequeñas fincas de Uganda. Pero en mercados de exportación globales, con alta demanda internacional, el efecto puede ser el inverso: cuando la soja transgénica disparó los rendimientos en Sudamérica entre 2000 y 2017, la mayor rentabilidad por hectárea no redujo la superficie cultivada —la expandió, porque hizo más atractivo abrir más tierra para captar esa misma ganancia marginal—. La misma tecnología, aplicada a mercados distintos, produjo resultados opuestos. No hay una regla fija sobre si la eficiencia agrícola protege o amenaza al bosque: depende de si esa eficiencia se traduce en menos tierra usada, o en más ganancia por unidad que incentiva usar todavía más.

El costo ecológico específico

Cada hectárea que se desmonta libera de inmediato entre 200 y 300 toneladas de CO2 a la atmósfera. Entre 2001 y 2022, la deforestación agrícola acumulada liberó 44,1 gigatoneladas de dióxido de carbono equivalente —entre el 6% y el 17% de todas las emisiones humanas de gases de efecto invernadero, según el año que se mida—. Pero ese carbono es apenas el punto de partida de una cadena de consecuencias que termina, de forma documentada y medible, en personas concretas.

La primera de esas consecuencias es hidrológica, y viaja mucho más lejos de lo que el sentido común anticiparía. Los bosques no solo están ahí: bombean agua profunda del suelo y la liberan a la atmósfera, alimentando la lluvia de regiones enteras a miles de kilómetros de distancia. La humedad que transpira la Amazonía brasileña inyecta entre el 13% y el 32% de las lluvias anuales que reciben Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay. En África, la cuenca forestal del Congo sostiene la mitad de las precipitaciones que recibe Kinshasa, una ciudad de más de 17 millones de personas. Cuando ese bosque desaparece, el reciclaje de humedad se rompe, y la lluvia cae hasta un 40% menos en las regiones que dependían de ella. La sequía de 2017-18 en Argentina —vinculada científicamente a la pérdida de cobertura amazónica— provocó pérdidas de hasta 3.400 millones de dólares solo en exportaciones de grano, con un impacto total estimado en 4.600 millones de dólares para la economía del país. Nadie deforestó un árbol en Argentina. El costo llegó de todas formas.

La segunda consecuencia es térmica, y es, de las que documenta esta investigación, la que tiene el respaldo científico más sólido. Sin la sombra y la transpiración del dosel forestal, la temperatura máxima diurna de una región deforestada sube entre 1°C y 3°C de forma permanente —y ese calentamiento se detecta hasta 100 kilómetros más allá del borde de la deforestación—. Entre 2001 y 2020, ese incremento térmico expuso a 345 millones de personas a temperaturas más altas de las que tendrían con el bosque intacto, y se asocia causalmente con 28.330 muertes adicionales al año por estrés térmico en comunidades rurales del cinturón tropical —explicando, según las mismas fuentes, casi cuatro de cada diez muertes atribuibles al calor en las zonas que perdieron cobertura forestal—. La tasa varía mucho según la región: el sudeste asiático concentra el peor escenario, con hasta 29 muertes por cada 100.000 habitantes en algunas zonas de Vietnam y 14 por 100.000 en Sumatra, seguido por África (5 por 100.000) y las Américas (3 por 100.000).

Ese mismo calor le quita a 2,8 millones de trabajadores agrícolas y de la construcción horas de jornada laboral segura: solo en Mato Grosso y Pará, más de 210.000 personas perdieron más de media hora diaria de trabajo posible sin riesgo de golpe de calor, y el rendimiento laboral cae más del 8% en las zonas deforestadas frente a las que conservan su cobertura original. El mecanismo tiene nombre técnico en medicina ocupacional —la Temperatura de Globo de Bulbo Húmedo, un índice que combina calor, humedad y radiación solar— y un efecto secundario menos obvio: cuando ese índice sube demasiado, los cosechadores dejan de usar equipo de protección personal, porque el plástico se vuelve insoportable con ese calor. Eso no solo los expone al golpe de calor: multiplica su exposición dérmica directa a pesticidas, porque la piel sin protección absorbe más químico, y porque la transpiración intensa acelera esa absorción todavía más. Es una cadena donde un solo cambio microclimático —unos grados más de temperatura— termina potenciando un riesgo completamente distinto que nada tiene que ver, en apariencia, con el clima.

La tercera consecuencia viaja por el aire. El fuego es la herramienta más barata para despejar un bosque después de la tala mecánica, y el humo que genera no respeta fronteras. Los megaincendios de 2015 en Indonesia, usados para preparar tierra para palma aceitera, provocaron un estimado de 100.000 muertes prematuras en todo el sudeste asiático por exposición a material particulado fino —una partícula tan pequeña que atraviesa la barrera pulmonar y entra directo al torrente sanguíneo—. En América del Sur, los incendios de deforestación causan entre 3.000 y 16.800 muertes prematuras al año; en África, cerca de 43.000.

La cuarta consecuencia tiene que ver con el agua que queda, ya cargada de todo lo que arrastró en el camino. Sin los bosques ribereños que actúan como filtro natural de sedimentos, la erosión del suelo tropical expuesto puede multiplicar por 550 la carga de sedimentos en los ríos cercanos a plantaciones de palma en Borneo, inutilizándolos para el consumo humano y colapsando la pesca de subsistencia de las comunidades que dependen de ellos. Los modelos hidrológicos de cuencas específicas muestran la misma dinámica desde otro ángulo: en la cuenca del río Tapajós, en plena Amazonía, las proyecciones de deforestación a 2050 anticipan un aumento de hasta el 300% en la escorrentía superficial —el agua que corre rápido sobre la superficie en vez de infiltrarse— y una caída simultánea en la recarga de acuíferos subterráneos, que son, precisamente, los que mantienen los ríos con agua durante la temporada seca. En la cordillera de Siwalik, entre India y Nepal, cada punto porcentual de bosque perdido se asocia con un aumento de entre el 18,5% y el 30,7% en la ocurrencia de inundaciones que cruzan fronteras nacionales. Hay, además, una relación documentada entre deforestación y malaria —el desmonte crea charcos más cálidos y con más luz solar directa, condiciones ideales para las larvas del mosquito vector—, aunque esa relación no es universal: un estudio en 17 países africanos no encontró un aumento estadísticamente significativo en la prevalencia de la enfermedad, lo que sugiere que el efecto depende de las características del mosquito local y de las condiciones socioeconómicas del hogar, no de una regla biológica fija.

Hay, además, una consecuencia biológica en el sentido más directo: la pérdida de la fauna que regenera el propio bosque. El Cerrado, entre el 48% y el 55% de cuya vegetación nativa ya fue convertida desde la década de 1970, tiene menos del 3% de su superficie bajo protección total. Buena parte de esa pérdida es, según describe la propia literatura científica, "silenciosa": especies desaparecen a nivel local antes de que la ciencia alcance siquiera a describirlas formalmente.

La tala rasa fragmenta el dosel continuo en parches aislados, y esos bordes fragmentados facilitan incendios recurrentes en el sotobosque —perturbaciones crónicas que duplican la pérdida neta de biodiversidad frente a la que produce la deforestación directa por sí sola—. Pero no todos los animales desaparecen de la misma manera ni con las mismas consecuencias. La caza y la fragmentación forestal ejercen una defaunación diferenciada entre mamíferos y aves: cuando desaparecen específicamente los mamíferos grandes que dispersan semillas pesadas de árboles maderables, el bosque pierde la capacidad de regenerarse con esas mismas especies de valor ecológico alto, y termina reemplazado por vegetación de menor porte y menos capacidad de almacenar carbono. Esa misma defaunación le quita a las comunidades ribereñas e indígenas una fuente de proteína animal de la que dependían por caza de subsistencia. Hoy, solo el 40% de los bosques que todavía quedan en pie conserva un nivel de integridad ecológica alto.

El agua cuenta una historia paralela. La misma erosión que ya multiplica por 550 la carga de sedimentos en los ríos de Borneo no solo ensucia el agua: destruye directamente el hábitat de desove y alimentación de las comunidades de peces locales, alterando de forma drástica su composición, y con eso golpea a los pescadores artesanales que dependen de esos mismos peces para su seguridad alimentaria. En la cuenca del Congo, esta misma dinámica —bosque y turberas ricas en carbono bajo presión creciente— pone en riesgo directo la seguridad alimentaria y el sustento económico de unos 100 millones de personas que dependen de esos servicios ecosistémicos para vivir, la mayoría de ellas sin haber participado nunca en la decisión de talar un solo árbol.

Vale la pena ser honesto con lo que la evidencia todavía no cubre, en vez de completar el hueco con una cifra que suene razonable. No hay, en las fuentes revisadas para esta parte, datos cuantitativos sobre el impacto específico de esta deforestación en anfibios o en insectos polinizadores —dos grupos frecuentemente mencionados en la conversación pública sobre biodiversidad—, ni tampoco una cifra concreta de cuántos años tarda un bosque secundario en recuperar la biodiversidad de un bosque primario. Lo que sí documenta la literatura es que esa recuperación enfrenta un obstáculo estructural: si los dispersores de semillas grandes ya desaparecieron, el camino de vuelta al bosque original queda, en los hechos, bloqueado, aunque nadie haya medido todavía cuánto tiempo tomaría destrabarlo. En Cachoeira Seca y en otros territorios de Pará, los incendios provocados por acaparadores de tierra destruyen árboles centenarios de castaña, açaí y cupuaçu de los que las familias locales dependían para alimentarse y para vender su excedente. El cercamiento de tierras impide, además, el tránsito libre para la caza, y con eso desaparece también la transmisión de conocimiento tradicional entre generaciones —una pérdida que ninguna cifra de toneladas de carbono alcanza a capturar.

Casos de freno exitoso o parcial

No todo lo que se intentó para frenar esto fracasó, y vale la pena ser tan preciso con lo que funcionó como con lo que no.

El caso más citado es la Moratoria de la Soja en la Amazonía brasileña, un compromiso privado firmado en 2006 por comercializadores que representan el 90% del mercado de soja de la región: no comprar grano cultivado en tierra deforestada después de esa fecha. Funcionó, en un sentido estricto: en 2022, la conversión directa de bosque por soja en la Amazonía se limitó a 117.000 hectáreas —el equivalente a unas 164.000 canchas de fútbol—, frente a 375.000 hectáreas en el Cerrado —cerca de 525.000 canchas—, el bioma vecino, sin esa misma restricción. Pero la moratoria no eliminó la presión sobre la tierra: la desplazó. La soja que no pudo avanzar sobre bosque amazónico empujó a la ganadería preexistente hacia nuevos frentes, dentro de la propia Amazonía o hacia el Cerrado, en un fenómeno conocido como fuga o desplazamiento indirecto. El desmonte total de la región no bajó en la misma proporción que bajó el desmonte directo por soja: solo cambió de lugar y de commodity.

El sistema DETER de Brasil —alertas satelitales diarias que activan patrullas de fiscalización en terreno— tiene, en cambio, la evidencia causal más sólida de todo lo que documenta esta investigación. Un estudio que usó la nubosidad como variable instrumental para aislar el efecto de la fiscalización de otros factores de mercado encontró que un aumento del 50% en las acciones de control guiadas por DETER produjo una caída del 25% en la deforestación municipal anual, durante el período de mayor control (2006-2016). Es, entre todas las intervenciones evaluadas, la que más se acerca a una relación causa-efecto limpia.

Los esquemas de certificación voluntaria —el sello RSPO para aceite de palma, el RTRS para soja— tienen un problema estructural distinto, y más difícil de resolver con más presupuesto o más fiscalización: el sesgo de autoselección. Una empresa puede certificar la finca que ya cumplía de antemano con los requisitos, mientras sigue deforestando activamente en otras propiedades no certificadas de su misma cadena. El RSPO, que hacia 2013 certificaba apenas el 10% de la producción de Indonesia y hoy ronda el 20% a nivel global, sí redujo la deforestación dentro de las concesiones certificadas —pero ese efecto se sostiene, en parte, porque las empresas certificaron preferentemente los terrenos que ya tenían poca cobertura forestal remanente, no los frentes más activos—. El costo de esa certificación, además, recae de forma desigual: entre el 34% y el 40% del suministro de palma en Indonesia proviene de pequeños productores independientes, para quienes los requisitos de auditoría y tenencia formal de tierra son, en la práctica, inalcanzables. Frente a ese costo, compañías como Mars optaron por concentrar sus compras en grandes proveedores industriales para simplificar su propio riesgo legal, mientras otras como Nestlé retrasaron directamente sus metas de inclusión de pequeños productores. La certificación, pensada para premiar buenas prácticas, terminó funcionando también como un filtro que deja afuera a quienes menos margen tienen para adaptarse.

El RTRS de soja muestra el mismo problema con menos adopción todavía: en 2013 representaba apenas el 0,5% de la producción brasileña. Una investigación de campo publicada en 2025 documentó a dos grandes productores del Cerrado que desmontaron 986 hectáreas de bosque nativo desde mayo de 2024, mientras otras de sus fincas ostentaban la certificación RTRS. La certificación, en ese caso, funcionó como una etiqueta que convivió, en la misma empresa, con la práctica que se suponía debía prevenir.

El Reglamento de Deforestación de la Unión Europea (EUDR) es la intervención más reciente y más ambiciosa: prohíbe la importación de productos vinculados a deforestación posterior a diciembre de 2020, y exige geolocalización satelital exacta de cada parcela de origen —un polígono GPS por finca de más de 4 hectáreas— para cualquier producto que entre al mercado europeo. Ya demostró viabilidad técnica en más de un país: Colombia despachó exitosamente 40.000 kilos de café con trazabilidad satelital completa en abril de 2024 a través de la plataforma de su Federación Nacional de Cafeteros, y Argentina emitió certificados de deforestación cero para los primeros cargamentos piloto de harina de soja con destino europeo ese mismo mes. Aun así, la complejidad de implementarlo a escala llevó al Parlamento Europeo a aprobar, en noviembre de 2025, un retraso de doce meses en su aplicación forzosa —hasta fines de 2026 para las grandes empresas, mediados de 2027 para las pequeñas—.

El riesgo que señalan las fuentes es social. El 70% del cacao mundial y el 60% del café los cultivan pequeños productores en fincas de menos de dos hectáreas, casi siempre sin título formal de tierra ni acceso a la tecnología de mapeo GPS que exige el reglamento. Frente a ese costo, algunas comercializadoras ya optaron por concentrar sus compras en grandes fincas mecanizadas y dejar de comprarles a los pequeños productores —exactamente el tipo de exclusión que puede empujar a esas mismas familias hacia frentes de colonización informal, donde no hay ningún control posible.

Tensión sin resolver

Hay una tensión que atraviesa cada uno de los mecanismos descritos en esta parte, y que no tiene una resolución limpia: casi todas las herramientas diseñadas para frenar la deforestación —titulación formal, certificación, trazabilidad satelital, regulación de importación— funcionan mejor para quien ya tiene escala, capital y acceso a tecnología, y peor —a veces incluso en contra— para el pequeño productor que más depende de esa misma tierra para subsistir. El mismo patrón se repite en cada intervención: DETER funciona porque el Estado brasileño tiene capacidad de fiscalización real; la certificación funciona mejor donde ya había cumplimiento previo; el EUDR exige infraestructura de datos que la mayoría de los pequeños cafeteros y cacaoteros del planeta simplemente no tiene. La herramienta más efectiva y la comunidad más vulnerable rara vez coinciden en el mismo lugar.

Esta tensión enfrenta dos objetivos legítimos que compiten, en la práctica, por los mismos recursos: conservar el bosque que queda, sin excluir del mercado a millones de familias que ya viven al margen de él. Ningún ajuste técnico menor la resuelve. Esta serie no va a resolverla acá tampoco. Va a volver a ella más adelante, cuando llegue el momento de mirar qué palancas de sistema —no solo de commodity— tienen evidencia real de mover ambas cosas a la vez, sin sacrificar una por la otra.


Glosario

Commodity agrícola — cultivo o producto ganadero producido a gran escala, estandarizado y destinado principalmente al comercio internacional —soja, carne bovina, palma aceitera, cacao, entre otros— cuya demanda global es uno de los principales motores de la expansión de la frontera agrícola sobre bosque nativo.

Atribución satelital — metodología que usa imágenes de satélite para identificar qué actividad económica específica (ganadería, un cultivo particular) causó una pérdida de cobertura forestal detectada, distinguiéndola de otras causas como incendios naturales o rotación de plantaciones manejadas.

Blanqueo de ganado (cattle laundering) — práctica por la cual animales criados en tierras deforestadas ilegalmente se transfieren entre varios predios intermediarios hasta llegar, ya sin rastro visible de su origen, a una finca de engorde regularizada.

Fuga o desplazamiento indirecto (leakage) — efecto por el cual una política que restringe la deforestación de un commodity en una zona específica desplaza esa misma presión hacia otro commodity, otra región, o ambos, sin reducir necesariamente la deforestación total.

Modelo de von Thünen — modelo económico clásico que explica cómo el costo de transporte hacia un mercado determina qué tan lejos conviene producir un bien; aplicado a la deforestación, explica por qué la construcción de rutas expande la frontera agrícola rentable hacia el interior del bosque.

Sesgo de autoselección — en el contexto de certificación voluntaria, la tendencia de las empresas a certificar preferentemente las propiedades que ya cumplían con los requisitos de antemano, lo que reduce el efecto real de conservación adicional que la certificación debería generar.

Reciclaje de humedad terrestre (TMR) — proceso por el cual el agua transpirada por los bosques se libera a la atmósfera y contribuye a la formación de lluvia en regiones distantes, a veces a miles de kilómetros de donde se originó.

Temperatura de Globo de Bulbo Húmedo (WBGT) — índice de medicina ocupacional que combina temperatura, humedad y radiación solar para medir el riesgo real de estrés térmico en el trabajo físico al aire libre; se eleva de forma marcada en zonas recién deforestadas.

Defaunación — pérdida o reducción drástica de poblaciones animales en un ecosistema, generalmente por caza o pérdida de hábitat, que en bosques tropicales bloquea la dispersión de semillas y por lo tanto la capacidad del bosque de regenerarse con sus especies originales.

Matopiba — acrónimo de los estados brasileños de Maranhão, Tocantins, Piauí y Bahía, la región donde se concentra hoy la mayor parte de la expansión agrícola sobre el bioma del Cerrado.

Referencias

Verificadas en la consolidación oficial del Notebook 3 (con DOI):

Alix-Garcia, J., & Gibbs, H. K. (2017). Forest conservation effects of Brazil's zero deforestation cattle agreements undermined by leakage. Global Environmental Change, 47, 201–217. https://doi.org/10.1016/j.gloenvcha.2017.05.034

Assunção, J., Gandour, C., & Rocha, R. (2020). The effect of rural credit on deforestation: Evidence from the Brazilian Amazon. The Economic Journal, 130(626), 290–330. https://doi.org/10.1093/ej/ueaa001

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Citadas en el texto, pendientes de verificación independiente (no aparecen en la consolidación oficial de las cuatro fuentes principales — hay que confirmarlas con una búsqueda o consulta aparte antes de dar el artículo por auditado):

  • Heilmayr et al. (2020), Nature Food — dato de la Moratoria de la Soja (117.000 ha en 2022). Nota: la consolidación oficial respalda el mismo hallazgo con Gibbs et al. (2015) y Lambin et al. (2018), así que el dato en sí tiene otro respaldo, aunque esta cita específica no esté confirmada.
  • Assunção, Gandour y Rocha (2023), American Economic Journal: Applied Economics — dato causal de DETER (-25% deforestación).
  • Bauhoff & Busch (2020) — caveat de malaria en 17 países africanos.
  • Butt et al. (2020) — muertes por humo de incendios amazónicos.
  • Masuda et al. (2021) — pérdida de productividad laboral por calor.
  • Spracklen et al. (2012) y UNFCCC (2023) — mecanismo de reciclaje de humedad terrestre.

Nota de transparencia editorial Este es un artículo de divulgación científica basado en fuentes bibliográficas verificables. El contenido fue desarrollado mediante un proceso de investigación supervisada que combina herramientas de inteligencia artificial — para síntesis narrativa y estructuración del texto — con criterio clínico y editorial humano en cada etapa. Todas las afirmaciones han sido contrastadas contra las fuentes originales antes de su publicación. La fotografía es original del autor.