junio 12, 2026

One Health: una sola salud para un solo planeta - Tercera Parte

One Health: una sola salud para un solo planeta - Tercera Parte

La filosofía detrás del paradigma — o cómo cambiar la pregunta lo cambia todo


Hay una manera de medir el alcance de una idea que no tiene que ver con cuántas instituciones la adoptan ni con cuántos papers se publican sobre ella. Tiene que ver con si cambia la pregunta.

El paradigma biomédico que dominó el siglo XX hacía una pregunta específica: ¿qué agente patógeno causa esta enfermedad y cómo lo eliminamos? Era una pregunta poderosa. Salvó millones de vidas. Produjo vacunas, antibióticos, protocolos quirúrgicos y sistemas de vigilancia epidemiológica que transformaron la esperanza de vida en todo el planeta.

Pero era también una pregunta incompleta. Porque asumía que la enfermedad era el problema, que el patógeno era la causa, y que el cuerpo humano era el sistema relevante. Todo lo demás — el ecosistema en que emergió el patógeno, el animal que lo transportó, la comunidad humana que lo recibió, la historia económica que configuró esa comunidad — era contexto, no objeto de estudio.

One Health hace una pregunta diferente: ¿en qué condiciones emergen las enfermedades, y cómo participan en esas condiciones los sistemas humanos, animales y ecosistémicos de manera simultánea? Es una pregunta más difícil. No tiene respuesta en un laboratorio solo. No cabe en una sola disciplina. Y no puede responderse sin cuestionar algunos supuestos filosóficos que la ciencia occidental lleva siglos dando por sentados.


El dualismo que construyó los silos

Para entender qué propone One Health filosóficamente, hay que entender primero qué supuestos cuestionó.

El modelo biomédico heredó, en gran medida, una manera de ver el mundo que tiene raíces en el dualismo cartesiano: la separación entre el sujeto que conoce y el objeto que es conocido, entre la mente y el cuerpo, entre el ser humano y la naturaleza. Bajo esta visión, el investigador es una "tabla rasa" — un observador neutral que accede a verdades universales mediante el método científico. El contexto es ruido. La subjetividad es un sesgo que hay que eliminar. La naturaleza es un objeto de estudio y, en última instancia, de control.

Esta epistemología produjo ciencia extraordinaria. Pero también produjo lo que los investigadores del paradigma One Health han llamado la "patología de control": la tendencia a intervenir sobre sistemas naturales de forma lineal y vertical, intentando controlar variables aisladas sin entender las consecuencias sistémicas de esa intervención. El resultado, paradójicamente, es un sistema más frágil. Cuando se intenta eliminar un vector de enfermedad sin entender su rol en el ecosistema, o cuando se intensifica la producción agrícola sin bioseguridad integrada, no se resuelve el problema: se acumula fragilidad hasta que el sistema colapsa de maneras que nadie anticipó.

El caso del H5N1 en el Gran Mekong lo ilustra con precisión. La intensificación industrial de la producción avícola en la región — sin medidas de bioseguridad equivalentes — creó lo que la Teoría de Sistemas Socio-Ecológicos describe como una fase de "Conservación": alta conectividad, alta rigidez, alta fragilidad acumulada. Cuando el virus encontró las condiciones correctas para mutar, no fue una sorpresa biológica. Fue la consecuencia predecible de un sistema que había sido llevado al límite de su resiliencia por decisiones tomadas sin visión sistémica. El reduccionismo biomédico no pudo anticiparlo porque estaba mirando el patógeno, no el sistema que lo produjo.


"La patología de control: intentar manejar la naturaleza de forma lineal no la domina — la hace más frágil."

La ontología de la interdependencia

El núcleo filosófico de One Health puede formularse en una sola oración: la salud no es una propiedad de los organismos individuales, sino una propiedad emergente de sistemas complejos.

Esto no es una metáfora. Es una afirmación ontológica — una declaración sobre la naturaleza de la realidad — que tiene consecuencias metodológicas profundas.

Si la salud es emergente, no puede estudiarse solo desde abajo hacia arriba, analizando componentes aislados. Hay que estudiar las interacciones entre componentes, las retroalimentaciones entre escalas, los puntos de quiebre donde un cambio pequeño produce efectos desproporcionados. La Teoría de Sistemas Adaptativos Complejos — los CAS, en su sigla en inglés — proporciona el andamiaje conceptual para hacer exactamente eso.

Los CAS son sistemas que operan lejos del equilibrio, que presentan dinámicas no lineales, y que son, en palabras de los propios investigadores, "predeciblemente impredecibles". No porque sean caóticos en sentido aleatorio, sino porque la complejidad de sus interacciones hace que las intervenciones externas se conviertan en variables endógenas — parte del sistema que se está intentando manejar. El investigador que estudia un ecosistema ya lo está modificando. La política sanitaria que se implementa en una comunidad ya está cambiando las condiciones que la hicieron necesaria.

El Ciclo Adaptativo de Holling describe cómo estos sistemas transitan por cuatro fases: explotación, conservación, liberación y reorganización. La fase de liberación — el colapso — no es el fracaso del sistema. Es su mecanismo de renovación. El problema surge cuando la intervención humana bloquea esa renovación, acumulando rigidez hasta que el colapso es inevitable y devastador. La "trampa de rigidez" es el nombre técnico para lo que ocurre cuando un sistema — una economía, un ecosistema, un modelo sanitario — se vuelve demasiado eficiente en un único modo de operar y pierde la capacidad de adaptarse.

La Panarquía extiende este modelo a múltiples escalas: los ciclos rápidos y pequeños — una mutación viral, una decisión local de uso de suelo — pueden desencadenar colapsos en ciclos lentos y grandes — una economía nacional, un ecosistema regional. Y los ciclos lentos y grandes — la biodiversidad acumulada, los marcos legales, la cultura — proporcionan la memoria que permite la reorganización después del colapso. Entender la salud global desde este marco significa entender que una granja industrial en el sudeste asiático y una política de subsidios agrícolas en Europa son variables del mismo sistema.


"La salud no es una propiedad de los organismos individuales. Es una propiedad emergente de sistemas complejos — y eso lo cambia todo metodológicamente."

La ética: ¿gestores o parte de la red?

Si la ontología de One Health es la interdependencia, su ética debería ser coherente con esa ontología. Y aquí emerge una de las tensiones más profundas del paradigma.

La ética ambiental occidental ha transitado históricamente entre tres posiciones. El antropocentrismo, dominante en la salud pública tradicional, pone al ser humano en el centro: la naturaleza tiene valor en la medida en que sirve al bienestar humano. El biocentrismo amplía el círculo moral para incluir a los animales como sujetos de consideración ética. El ecocentrismo — la posición más radical — sitúa al ser humano como un miembro más de la comunidad biótica, sin superioridad jerárquica sobre los demás.

La Ética de la Tierra de Aldo Leopold, formulada en 1949, es la referencia canónica del ecocentrismo: una cosa es correcta cuando tiende a preservar la integridad, la estabilidad y la belleza de la comunidad biótica. Es incorrecta cuando tiende a lo contrario. La ecología profunda lleva esta posición a sus últimas consecuencias: no somos gestores del planeta. Somos parte de él.

El OHHLEP adoptó formalmente en 2022 una posición que busca superar el antropocentrismo: el bienestar animal y la integridad ecosistémica deben recibir "igual peso" que la salud humana. En 2025, la UICN lanzó el programa "Nature 2030: One Nature, One Future", vinculando formalmente la conservación de la biodiversidad con la seguridad sanitaria global.

Pero hay una tensión filosófica que ningún documento institucional ha resuelto del todo: el concepto de stewardship — mayordomía o corresponsabilidad — que el OHHLEP usa como uno de sus principios éticos centrales, implica que los humanos somos los gestores responsables de la naturaleza. Es una posición más avanzada que el antropocentrismo puro. Pero desde las epistemologías indígenas, la figura del gestor sigue siendo jerárquica: alguien que administra algo que le ha sido confiado desde una posición de superioridad.

Las visiones indígenas proponen algo conceptualmente distinto: la integración horizontal, donde los humanos somos un hilo más en la red de la vida, no sus administradores. Algunas perspectivas tradicionales rechazan explícitamente el término stewardship por considerarlo un resabio de superioridad colonial — la misma lógica que durante siglos justificó la extracción de recursos naturales y de conocimientos en nombre de la "administración responsable" por parte del Norte Global.


"Stewardship significa que somos los gestores de la naturaleza. Las epistemologías indígenas proponen algo diferente: que somos un hilo más en la red de la vida."

Two-Eyed Seeing: ver con dos ojos a la vez

Una de las contribuciones filosóficas más originales que ha encontrado su camino hacia el paradigma One Health viene de los ancianos Mi'kmaw Albert y Murdena Marshall, en Canadá: el concepto de Two-Eyed Seeing, o Visión con Dos Ojos.

La propuesta es simple en su formulación y radical en sus implicaciones: aprender a ver desde un ojo con las fortalezas de los conocimientos indígenas, y desde el otro ojo con las fortalezas de la ciencia occidental. Usar ambos ojos juntos, para el beneficio de todos.

No es sincretismo — la fusión de dos sistemas en uno nuevo. Es coexistencia epistemológica: el reconocimiento de que dos maneras de conocer pueden ser simultáneamente válidas, que se complementan sin que una absorba a la otra. La ciencia occidental es extraordinariamente poderosa para identificar patógenos, medir concentraciones, modelar transmisiones. El conocimiento ecológico tradicional — o "ciencia local", como los investigadores prefieren llamarlo para reconocerlo como sistema científico legítimo y no como dato empírico pintoresco — es extraordinariamente poderoso para entender sistemas en su complejidad histórica, para identificar relaciones entre especies que ningún ensayo clínico ha documentado, para navegar las dinámicas sociales de comunidades que llevan generaciones gestionando los mismos ecosistemas.

El marco de las Cuatro Rs — Respeto, Relevancia, Reciprocidad y Responsabilidad — establece las condiciones éticas para que esa coexistencia sea genuina y no extractiva. El Respeto por la soberanía del conocimiento: ninguna comunidad está obligada a compartir su saber. La Relevancia para esa comunidad: la investigación debe responder preguntas que importan a quienes viven en el territorio. La Reciprocidad: el conocimiento no se extrae para beneficio del investigador — se co-crea para el bienestar mutuo. La Responsabilidad en la custodia del saber: quien accede a un conocimiento adquiere obligaciones hacia quienes lo generaron.

Estas condiciones no son solo principios éticos abstractos. Son una respuesta a una historia concreta de extracción. El caso del manejo de incendios es ilustrativo: agencias forestales occidentales han adoptado técnicas de "quema cultural" indígena — acumuladas durante generaciones de gestión del territorio — sin reconocer la autoría ni los protocolos de sus creadores. Es una forma de robo intelectual que ocurre con tanta frecuencia que tiene nombre propio en la literatura: investigación extractiva.


El caso del trematodo: cuando la biomedicina y la cultura no hablan el mismo idioma

En el noreste de Tailandia, el parásito Opisthorchis viverrini — la duela hepática — infecta a millones de personas. La biomedicina lo define como un problema de salud pública que requiere desparasitación masiva. Las comunidades locales lo viven de otra manera.

El pescado fermentado — el vector de transmisión del parásito — es un pilar de la identidad cultural de esas comunidades. No es solo comida: es capital social, es red de reciprocidad, es expresión de pertenencia. Los programas de control que ignoraron este "modelo laico" fracasaron durante décadas, produciendo éxitos temporales seguidos de retorno inevitable del parásito.

¿Quién define la "salud" de ese sistema socio-ecológico? ¿La biomedicina, que ve prevalencia de infección? ¿La comunidad, que ve integridad cultural y cohesión social? ¿El ecólogo, que ve la dinámica del río y las presas de irrigación que alteraron el ciclo del parásito? La respuesta de One Health — la única respuesta que ha producido resultados sostenibles — es que ninguna de esas perspectivas es suficiente sola. Y que la solución co-diseñada, que integró todas, produjo lo que ninguna por separado había logrado.

Este caso ilustra también la pregunta filosófica más incómoda del paradigma: ¿puede un ecosistema tener "salud" en sentido literal? Algunos investigadores argumentan que la salud, en sentido estricto, requiere un organismo individual con capacidad homeostática. Hablar de "salud ecosistémica" sería una metáfora útil pero sin base ontológica real. Otros argumentan que la homeostasis ecosistémica — la capacidad de un sistema de mantener sus funciones esenciales frente a perturbaciones — es funcionalmente equivalente a la homeostasis orgánica, aunque opere en escalas diferentes. El debate está abierto. Y esa apertura es, en sí misma, filosóficamente honesta.


¿Revolución kuhniana o evolución incremental?

Thomas Kuhn describió el avance científico no como una acumulación lineal de conocimiento sino como una serie de revoluciones: momentos en que las anomalías acumuladas dentro de un paradigma se vuelven insostenibles, y una nueva manera de ver reemplaza a la anterior. La ciencia normal — el trabajo cotidiano dentro de un paradigma establecido — cede ante la ciencia extraordinaria que reconoce que el paradigma ya no puede resolver los problemas que plantea.

¿Es One Health una revolución kuhniana?

Los argumentos a favor son sustanciales. One Health propone una ontología radicalmente diferente: la salud como propiedad emergente de sistemas complejos, no como ausencia de patógenos en un organismo individual. Propone una epistemología radicalmente diferente: la coexistencia de saberes en lugar de la jerarquía del método científico occidental. Y propone herramientas metodológicas genuinamente nuevas: el Fuzzy Cognitive Mapping, la Teoría de Sistemas Socio-Ecológicos, el Two-Eyed Seeing — instrumentos que no caben dentro del paradigma biomédico tradicional.

Los argumentos en contra también son sustanciales. En la práctica, gran parte de lo que se etiqueta como One Health sigue siendo bioseguridad reactiva con nuevos nombres. La transdisciplinariedad proclamada se reduce con frecuencia a "silos de publicación" — investigadores de distintas disciplinas que publican juntos pero no integran realmente sus marcos conceptuales. El conocimiento indígena se menciona en los documentos institucionales pero raramente se co-crea con las comunidades que lo generan. La asimetría de poder entre la medicina humana y los demás sectores persiste en los presupuestos, en las estructuras de gobernanza y en los criterios de evaluación.

La conclusión más honesta — la que emerge de los propios investigadores del paradigma — es que One Health se encuentra actualmente en lo que Kuhn llamaría la fase de "ciencia extraordinaria": ha identificado las anomalías que el paradigma anterior no puede resolver, ha articulado una nueva ontología, ha desarrollado nuevas herramientas. Pero aún no ha desplazado las estructuras de poder científico dominantes. La revolución está en curso. No está terminada.


"One Health es, en términos kuhnianos, una ciencia extraordinaria: ha identificado las anomalías del paradigma anterior, pero aún no ha desplazado sus estructuras de poder."

Lo que la Parte 1 mostró es que el problema es real. Lo que la Parte 2 mostró es que la respuesta institucional existe. Lo que la Parte 3 muestra es que detrás de esa respuesta hay una filosofía — una ontología de la interdependencia, una epistemología de la complejidad, una ética que todavía está negociando sus propios límites.

One Health no es solo una política sanitaria más sofisticada. Es un intento de cambiar la pregunta fundamental que la civilización hace sobre su relación con el mundo natural. Y cambiar la pregunta, como saben los filósofos, es siempre el paso más difícil.

En la Parte 4 exploraremos la dimensión sociológica del paradigma: cómo las estructuras sociales, institucionales y económicas han condicionado históricamente la separación disciplinar — y qué condiciones hacen posible superarla.


Referencias bibliográficas

  1. Pollowitz, G. et al. (2024). One Health, many perspectives: Exploring Indigenous and Western epistemologies. CABI One Health.
  2. Wilcox, B. et al. (2019). Operationalizing One Health Employing Social-Ecological Systems Theory: Lessons From the Greater Mekong Sub-region. Frontiers in Public Health.
  3. Griffith, D. et al. (2026). Stakeholder priorities and conceptualization of One Health: Insights from fuzzy cognitive mapping and grounded theory. PLOS One.
  4. Salud y Bienestar (2026). One Health: qué es, por qué nació y por qué ya no podemos ignorarlo.
  5. Leopold, A. (1949). A Sand County Almanac. Oxford University Press.
  6. Kuhn, T.S. (1962). The Structure of Scientific Revolutions. University of Chicago Press.
  7. OHHLEP (2022). One Health: A new definition for a sustainable and healthy future.
  8. UICN (2025). Nature 2030: One Nature, One Future.

Este artículo es la tercera parte de la serie "One Health: una sola salud para un solo planeta" de Medicina Ecosistémica


Nota de transparencia editorial Este es un artículo de divulgación científica basado en fuentes bibliográficas verificables. El contenido fue desarrollado mediante un proceso de investigación supervisada que combina herramientas de inteligencia artificial — para síntesis narrativa y estructuración del texto — con criterio clínico y editorial humano en cada etapa. Todas las afirmaciones han sido contrastadas contra las fuentes originales antes de su publicación.


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