mayo 24, 2026

One Health: una sola salud para un solo planeta - Primera parte

One Health: una sola salud para un solo planeta - Primera parte

Los orígenes de una idea que llegó antes de tiempo


El año era 2010 y los epidemiólogos estaban desconcertados.

El virus H1N1 — la cepa que había generado alarma pandémica un año antes — estaba apareciendo en granjas de cerdos y pavos domésticos de veinticuatro países. La narrativa establecida indicaba que los virus de influenza saltaban de los animales a los humanos. Pero los datos contaban otra historia: en este caso, habían sido los humanos infectados la fuente primaria de contagio para los animales. La dirección del flujo era la inversa.

Este hallazgo, documentado en un informe de la Organización Mundial de Sanidad Animal en 2013, no era una anécdota epidemiológica menor. Era la demostración empírica de algo que el modelo sanitario dominante no había sido diseñado para procesar: que la interfaz entre la salud humana y la salud animal no es una frontera con una sola dirección de tráfico. Es una membrana permeable, bidireccional, en constante intercambio.

"Los patógenos no respetan las categorías administrativas que los humanos construimos para organizarlos."

Pero H1N1 no fue un evento aislado. Fue el último de una serie de crisis que, acumuladas a lo largo de décadas, habían ido erosionando silenciosamente los cimientos del modelo de salud compartimentado — ese modelo que, durante más de un siglo, había organizado la medicina humana, la medicina veterinaria y la salud ambiental como si fueran tres disciplinas sin relación entre sí, cada una con sus instituciones, sus currículos, sus presupuestos y sus fronteras profesionales celosamente custodiadas. A este modelo se le conoce como el paradigma del silo — una metáfora tomada de la agricultura, donde los silos almacenan granos distintos en compartimentos separados que nunca se mezclan. Cada disciplina, su propio silo.

El SARS irrumpió en 2002 desde los mercados de animales vivos del sur de China y en cuestión de semanas había cruzado fronteras de veintinueve países, matando a casi ochocientas personas y evidenciando las limitaciones de un modelo sanitario que no estaba diseñado para responder a amenazas que no reconocen fronteras disciplinares ni geográficas. El virus del Ébola emergía periódicamente desde las selvas de África Central, donde la deforestación y la caza de animales silvestres habían reconfigurado de manera radical la proximidad entre especies que durante milenios habían mantenido distancias biológicas prudentes. El MERS viajaba desde los camellos dromedarios del Medio Oriente hacia los humanos que los criaban. El VIH, cuyo origen en primates africanos había sido rastreado con creciente precisión, era el recordatorio permanente de que las pandemias del siglo XX no habían caído del cielo: habían emergido de una interfaz animal-humano que la civilización moderna había perturbado de maneras sin precedente histórico.

El virus Nipah apareció en Malaysia en 1998, en granjas de cerdos ubicadas cerca de bosques tropicales fragmentados por la expansión agrícola. Los murciélagos frugívoros — el reservorio natural del patógeno — habían sido empujados hacia los árboles frutales que crecían junto a las granjas. Los cerdos comieron la fruta contaminada. Los humanos criaron los cerdos. El resultado fue un brote con una tasa de mortalidad cercana al cuarenta por ciento. El mismo patrón se repetiría en Bangladesh y la India en los años siguientes, cada vez con variaciones locales pero con la misma lógica estructural: la perturbación de un ecosistema había creado condiciones para que un patógeno encontrara un camino hacia una especie para la que no tenía historia evolutiva y frente a la que no teníamos defensas construidas.

Lo que estas crisis compartían no era solamente su origen animal. Compartían algo más revelador: ninguna de ellas podría haberse anticipado, gestionado ni contenida de manera efectiva desde una sola disciplina. El virólogo necesitaba al ecólogo. El médico necesitaba al veterinario. El epidemiólogo de campo necesitaba al especialista en vida silvestre. Cada vez que una de estas disciplinas intentaba resolver el problema desde su propio marco conceptual, terminaba interviniendo sobre los síntomas sin tocar las causas.

El modelo de silos no había fallado por incompetencia de quienes trabajaban dentro de él. Había fallado porque estaba construido sobre un supuesto que estas crisis estaban desmontando una a una: el supuesto de que la salud de los humanos es un asunto separable de la salud de los animales y del estado de los ecosistemas que todos habitamos.

"La transferencia de riesgo no es gestión de riesgo." — Evans & Leighton, 2014

Mover un problema de una categoría disciplinar a otra no lo resuelve. Solo lo desplaza hasta que vuelve a manifestarse, generalmente amplificado. El mundo necesitaba un marco diferente. Y ese marco, aunque todavía no tenía nombre, llevaba gestándose desde hacía más de ciento cincuenta años.


Tabla 1. Virus zoonóticos del siglo XX y XXI: reservorios, mecanismos de emergencia e interfaz perturbada

Virus Año Reservorio animal Mecanismo de emergencia Interfaz perturbada Fuente
VIH ~1920s / detectado 1980s Primates (chimpancés) Caza y contacto con sangre infectada Deforestación y expansión humana en África Central Missouri Dept. of Conservation (2014); APHA (2017)
Nipah 1998 Murciélagos frugívoros Deforestación → contacto murciélago-cerdo-humano Expansión agrícola en Malaysia Wikipedia (2026); OIE/WOAH (2014)
SARS 2002 Murciélagos / civetas Comercio de fauna silvestre en mercados vivos Mercados de animales vivos en el sur de China NCBI Bookshelf (2017); Informe Técnico (2026)
H5N1 2003 Aves silvestres Alteración de humedales → mezcla aves silvestres-domésticas Sistemas avícolas industriales FAO Timeline (2022); ImmunoHorizons (2025)
H1N1 2009 Cerdos / aves / humanos Reordenamiento genético + zoonosis inversa humano→animal Granja industrial multiespecie CDC History (2025); OIE/WOAH (2014)
MERS 2012 Camellos dromedarios Contacto directo en cría y mataderos Ganadería intensiva en Medio Oriente OIE/WOAH (2014); Wikipedia (2026)

El 75% de las enfermedades infecciosas emergentes en humanos tienen origen zoonótico. La perturbación de ecosistemas es el impulsor principal del spillover en todos los casos documentados.

Estos no son eventos aislados ni coincidencias históricas. Son la expresión de una tendencia documentada y acelerada. Al ser humano le tomó entre 100.000 y 200.000 años alcanzar los mil millones de habitantes; en los últimos dos siglos esa cifra se multiplicó por ocho. Esa expansión ha tenido un precio ecosistémico: hoy el 75% del entorno terrestre y el 66% del marino han sido alterados significativamente por la actividad humana. Cuando la pérdida de cubierta forestal supera el 25% en una región, el contacto entre humanos, ganado y fauna silvestre se vuelve estadísticamente inevitable — y con él, el riesgo de spillover. Lo que antes tardaba milenios en ocurrir — como el salto del virus de la peste bovina hacia los humanos que dio origen al sarampión — hoy ocurre en décadas. En los últimos treinta años hemos visto una sucesión de virus de alta letalidad — SARS, Nipah, MERS, Ébola, H5N1, SARS-CoV-2 — que en cualquier siglo anterior habrían representado el trabajo de generaciones. La globalización hace el resto: los patógenos hoy se propagan tan rápido como vuelan los aviones, eliminando el aislamiento geográfico que durante milenios contuvo los brotes.

El costo de ignorar esta tendencia es calculable. El SARS de 2003 generó pérdidas económicas globales estimadas en más de 30 mil millones de dólares. El Banco Mundial calcula que la inversión anual en prevención integrada bajo el enfoque One Health costaría entre 10 y 11 mil millones de dólares a nivel global — y que esa inversión evitaría pérdidas de más de 30 mil millones por pandemia no contenida. La aritmética es simple: prevenir cuesta menos que reaccionar. Lo que durante décadas se trató como un problema de conservación o de medicina veterinaria resulta ser, también, una de las inversiones más rentables que una civilización puede hacer.


Una idea que llegó antes de tiempo

La historia del paradigma One Health es, en muchos sentidos, la historia de una idea que llegó demasiado pronto, fue archivada por las fuerzas organizadoras de la modernidad institucional, y tuvo que esperar más de un siglo para que el mundo acumulara suficientes crisis como para tomársela en serio.

Su punto de partida más reconocido es un médico alemán del siglo XIX cuyo nombre es más conocido en los libros de texto de patología que en los debates contemporáneos de salud global: Rudolf Virchow.

Virchow nació en 1821 y murió en 1902, y en ese siglo de vida construyó una de las obras científicas más influyentes de la medicina moderna. Es reconocido como el padre de la patología celular — la idea de que la enfermedad reside en las células individuales que componen los tejidos vivos. Pero hay otra dimensión de su pensamiento que la historia académica ha tendido a subrayar menos: Virchow no creía que hubiera una línea divisoria real entre la medicina de los animales y la medicina de los humanos. Fue él quien acuñó el término "zoonosis" para describir las enfermedades transmisibles entre animales y humanos. Y su posición era clara: entre la medicina animal y la humana no hay líneas divisorias. Son variaciones de un mismo fenómeno biológico estudiado desde ángulos distintos.

William Osler — considerado uno de los padres de la medicina clínica moderna en el mundo anglosajón, fundador del Hospital Johns Hopkins y titular de la Cátedra de Medicina Clínica en la Universidad de Pennsylvania — había pasado años estudiando patología comparada antes de convertirse en la figura que transformaría la educación médica del siglo XX. Bajo su influencia, esa tradición intelectual entró en los currículos de las universidades de élite norteamericanas. Pero las fuerzas organizadoras de la modernidad institucional empujaban en otra dirección.

El siglo XX fue el siglo de la especialización. La medicina humana y la veterinaria, que habían compartido tradición intelectual en el siglo XIX, comenzaron a desarrollar trayectorias separadas con velocidad acelerada. Se crearon ministerios de salud separados de los ministerios de agricultura. Las escuelas de medicina y las facultades de veterinaria dejaron de compartir profesores y comenzaron a competir por recursos. Los sistemas de vigilancia epidemiológica de enfermedades humanas y los de sanidad animal se desarrollaron en paralelo, con escasa comunicación entre ellos.

"El paradigma del silo no necesitó ser impuesto: era invisible precisamente porque estaba en todas partes."

¿Por qué ocurrió esta separación? No fue solo inercia institucional. La teoría de los gérmenes — el descubrimiento de que las enfermedades son causadas por microorganismos específicos — fue una revolución que salvó millones de vidas. Pero también estrechó el foco: si el problema era el agente infeccioso, el contexto ecológico en que ese agente emergía dejaba de ser relevante. Al mismo tiempo, la investigación biomédica adoptó la lógica de la estandarización industrial: en lugar de estudiar la diversidad de especies de manera comparativa, la ciencia del siglo XX eligió un puñado de especies de laboratorio — principalmente ratones — como modelos universales del cuerpo humano. La urbanización aceleró ese distanciamiento cognitivo: a medida que los animales desaparecieron de la vida cotidiana de las ciudades, los médicos dejaron de tener familiaridad con otras especies. Y cuando las vacunas y los antibióticos produjeron victorias espectaculares a mediados del siglo XX, el optimismo resultante terminó de anestesiar la necesidad de una visión ecológica: las enfermedades infecciosas parecían conquistadas. No fue hasta la emergencia del VIH, el Ébola y el SARS que el mundo comenzó a redescubrir lo que Virchow ya sabía.

A estas fuerzas científicas e institucionales se sumaron intereses económicos concretos. La industria agropecuaria consolidó un modelo donde la salud veterinaria servía principalmente a la producción — proteger el comercio de carne y leche — más que a la salud pública. La industria farmacéutica encontró en el uso de antimicrobianos como promotores de crecimiento en el ganado un negocio rentable, a pesar de que esa práctica sembraba silenciosamente las condiciones para la resistencia antimicrobiana que hoy representa una amenaza global. El resultado fue un modelo económico sanitario que operaba de manera reactiva — interviniendo solo cuando el patógeno ya afectaba a los humanos — porque no existían incentivos financieros para la prevención transectorial. Es importante reconocer que muchas de estas decisiones respondían a la lógica razonable de su tiempo, y que tanto la industria farmacéutica como la agropecuaria han producido avances reales que han salvado vidas. El problema no fue la mala fe sino la parcialidad estructural de una visión que no podía ver más allá de sus propios límites. Las tensiones que esto genera dentro del paradigma One Health actual merecen un análisis propio, que abordaremos en una entrega posterior.

En ese contexto, en 1947, un veterinario llamado James H. Steele fundó la división veterinaria de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos. Era la primera vez que una agencia federal de salud pública humana incorporaba de manera formal la perspectiva veterinaria como parte de su misión. En sus conversaciones y escritos privados usaba una consigna que décadas más tarde resultaría profética: "One World — One Medicine — One Health". Lo decía en los años cincuenta, con la paciencia de quien sabe que está en el lado correcto de la historia pero no en el momento histórico correcto.

Fue Calvin Schwabe quien sistematizó esa intuición en un cuerpo de pensamiento documentado. En 1964 — y en una segunda edición ampliada en 1984 — publicó Veterinary Medicine and Human Health, una obra que consolidó el término "One Medicine" como marco conceptual explícito. Para Schwabe, la unidad de la medicina no era solo una metáfora filosófica. Era una propuesta operativa con cuatro pilares concretos: el combate de las enfermedades, la suficiencia alimentaria, la calidad ambiental y la construcción de una sociedad basada en valores humanos — una visión que anticipaba en décadas el lenguaje que hoy usamos cuando hablamos de determinantes sociales de la salud o de salud planetaria.

El salto que faltaba lo dio la Wildlife Conservation Society en septiembre de 2004, durante un simposio en la Universidad Rockefeller. El resultado fue la publicación de los Principios de Manhattan — doce recomendaciones que establecieron por primera vez una hoja de ruta para el enfoque "Un Mundo, Una Salud". El cambio de nombre de "One Medicine" a "One Health" no era cosmético. Era sustantivo: ampliaba el marco para incluir explícitamente la salud de la fauna silvestre y la integridad de los ecosistemas como componentes propios del concepto, no como variables secundarias. Algunos de estos principios tuvieron impacto operativo inmediato: impulsaron la creación del Sistema Mundial de Alerta Temprana GLEWS en 2006, y financiaron proyectos masivos de vigilancia de fauna silvestre como PREDICT de USAID. En 2019, su vigencia llevó a su actualización en los Principios de Berlín, que ampliaron el enfoque para incluir los problemas estructurales del Antropoceno.

Entre 2004 y 2013, el paradigma pasó de propuesta académica a política sanitaria internacional. En 2007, la Asociación Médica Americana aprobó una resolución reconociendo formalmente la interconexión entre la salud humana y animal. En 2008, la FAO, la OIE y la OMS lanzaron conjuntamente el Marco Estratégico para la Reducción de Riesgos de Enfermedades Infecciosas — la primera vez que las tres organizaciones más relevantes en sus respectivos dominios firmaban un documento común con una visión integrada, que evolucionaría hasta la actual Cuadripartita — FAO, OMS, OIE y PNUMA — formalizada en 2022. En 2012, el Banco Mundial consolidó el sustento financiero del paradigma en su influyente informe People, Pathogens and Our Planet, vinculando explícitamente los sistemas de salud pública con la erradicación de la pobreza.


La biodiversidad como infraestructura sanitaria

Hay una idea que emerge de toda esta evidencia y que merece ser nombrada con claridad, porque cambia fundamentalmente la manera en que entendemos la conservación: los ecosistemas biodiversos no son solo valiosos en términos estéticos o morales. Son infraestructura sanitaria.

La literatura científica lo describe como el efecto de dilución o efecto amortiguador. En un ecosistema con alta biodiversidad existe una mayor variedad de especies que actúan como huéspedes de callejón sin salida — especies que pueden albergar un patógeno pero que no lo transmiten eficientemente. Esa diversidad diluye la probabilidad de que el patógeno encuentre el huésped altamente competente que facilite el salto hacia los humanos. Cuando la biodiversidad colapsa, ese amortiguador desaparece.

A esto se suma el estrés inmunológico: la pérdida de hábitat debilita los sistemas inmunológicos de los animales silvestres, que excretan mayores cantidades de patógenos al entorno compartido con los humanos. Y cuando los servicios ecosistémicos de regulación colapsan — ese control biológico natural sobre poblaciones de mosquitos, garrapatas y otros vectores — las especies transmisoras se multiplican sin freno. Los estresores que impulsan este colapso han sido agrupados bajo el acrónimo HIPPO: destrucción de hábitat, especies invasoras, contaminación, superpoblación humana y sobreexplotación.

"Conservar ecosistemas es prevenir pandemias. No como metáfora, sino como mecanismo biológico documentado."

La conclusión que emerge de esta evidencia no es pesimista. Es práctica: la conservación de la biodiversidad no es solo un objetivo ambiental. Es una estrategia de prevención sanitaria primaria.

Lo que Virchow intuyó en el siglo XIX, lo que Steele repitió durante décadas sin ser escuchado, lo que Schwabe sistematizó y la Wildlife Conservation Society amplió, lo que las crisis de SARS, Ébola, Nipah y H1N1 demostraron con datos duros: todo señalaba en la misma dirección. No era una coincidencia ni una moda intelectual. Era la realidad biológica abriéndose paso a través de las estructuras que habíamos construido para ignorarla.

"La salud no es una propiedad que los humanos tenemos de manera independiente del mundo que habitamos."

No es un estado que se alcanza dentro de los límites del cuerpo individual, ni siquiera dentro de los límites de la especie. Es una propiedad emergente de sistemas complejos — ecosistemas, comunidades microbianas, cadenas tróficas, ciclos biogeoquímicos — en los que somos una especie entre muchas, interdependiente con todas las demás. Cuando esos sistemas se estabilizan, nosotros tendemos a prosperar. Cuando los perturbamos, las consecuencias regresan hacia nosotros por caminos que no anticipamos y a través de vectores que no controlamos.

Eso es One Health en su núcleo. No es una política sanitaria ni un programa institucional, aunque haya producido ambas cosas. Es un cambio en la pregunta que hacemos: en lugar de preguntar cómo proteger la salud humana del mundo natural, preguntamos cómo participar en ese mundo de manera que la salud — de todos sus habitantes — sea posible.

En las próximas entregas exploraremos qué significa ese marco en términos científicos, filosóficos y prácticos — y qué transformaciones implicaría tomarlo en serio como civilización.


Este artículo es la primera parte de la serie "One Health: una sola salud para un solo planeta" de Medicina Ecosistémica


Serie completa: One Health — una sola salud para un solo planeta

Parte 1 — Los orígenes de una idea que llegó antes de tiempo
Parte 2 — Qué es exactamente One Health
Parte 3 — La filosofía detrás del paradigma
Parte 4 — La sociología del paradigma
Parte 5 — Los mecanismos biológicos
Parte 6 — Lo que funciona
Parte 7 — Las tensiones del paradigma
Parte 8 — Conclusiones

Nota de transparencia editorial Este es un artículo de divulgación científica basado en fuentes bibliográficas verificables. El contenido fue desarrollado mediante un proceso de investigación supervisada que combina herramientas de inteligencia artificial — para síntesis narrativa y estructuración del texto — con criterio clínico y editorial humano en cada etapa. Todas las afirmaciones han sido contrastadas contra las fuentes originales antes de su publicación.

Referencias bibliográficas

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